Venezuela se juega la república en una mesa Por: Eduardo Fernandez

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Venezuela se juega la república en una mesa

 

La negociación que se abre entre la Asamblea Nacional electa en 2015 y el Parlamento actual, controlado por el chavismo, puede ser una oportunidad excepcional o una nueva estación de desencanto. La diferencia dependerá, en buena medida, de que Estados Unidos no se limite a auspiciar una fotografía inicial, sino que ejerza una presencia activa, sostenida y verificable sobre el proceso.

Venezuela conoce demasiado bien el lenguaje de las conversaciones sin consecuencias. Ha vivido mesas que sirvieron para ganar tiempo, descomprimir presiones externas o dividir a la oposición, mientras las condiciones políticas internas permanecían intactas. Por ello, esta negociación no puede medirse por el número de comunicados ni por la cordialidad de los delegados. Debe medirse por resultados: garantías para la participación política, liberación de presos políticos, restitución de derechos civiles, fortalecimiento del árbitro electoral y una ruta cierta hacia elecciones competitivas.

La participación estadounidense es decisiva porque Washington posee instrumentos de presión, incentivos económicos y capacidad de acompañamiento internacional que los actores venezolanos, por sí solos, difícilmente pueden asegurar. Su papel no debe ser el de un tutor que sustituya a los venezolanos, sino el de un garante que eleve el costo de incumplir los acuerdos y premie los avances verificables. Sin esa presencia, el diálogo corre el riesgo de convertirse nuevamente en una conversación entre fuerzas con capacidades profundamente desiguales.

La negociación no es una claudicación. Es, en las circunstancias actuales, el único camino racional para construir una transición que no profundice el sufrimiento nacional. Las transiciones democráticas no ocurren por la pureza de los discursos, sino por la capacidad de transformar relaciones de poder en reglas aceptadas. Negociar no significa olvidar responsabilidades ni renunciar a la justicia; significa reconocer que el cambio duradero necesita instituciones, garantías y un acuerdo mínimo sobre el futuro.

Este es el momento de la política con P mayúscula: la política que no confunde firmeza con estridencia, ni liderazgo con personalismo. La política que entiende que los adversarios no desaparecen porque se les niegue, y que la democracia se reconstruye creando condiciones para competir, perder, ganar y alternar.

En ese marco, María Corina Machado no debería integrar esta mesa inicial. No porque carezca de liderazgo, ni porque su papel en la movilización ciudadana pueda ser desconocido, sino precisamente porque su figura representa una fuerza política que debe preservar capacidad de convocatoria, vigilancia y presión democrática fuera de la negociación. Una mesa requiere interlocutores con mandato institucional, margen para construir acuerdos y responsabilidad directa sobre su cumplimiento. La oposición no puede concentrar todas sus cartas en un solo espacio ni en una sola persona.

El caso de Ricardo Lagos ofrece una lección útil, aunque ninguna transición puede copiarse mecánicamente. Lagos fue un opositor firme a la dictadura de Augusto Pinochet y participó activamente en la recuperación democrática chilena. Sin embargo, no convirtió su liderazgo en una carrera desesperada por ocupar cada espacio de la transición. Acompañó el proceso, asumió responsabilidades de gobierno, consolidó experiencia y, años después, llegó a la Presidencia mediante elecciones. Su paciencia no fue pasividad; fue inteligencia estratégica.

Machado puede desempeñar una función semejante: representar una reserva moral y política, sostener la exigencia ciudadana y prepararse para competir cuando existan condiciones reales. Su ausencia de la mesa no tendría que ser una derrota, sino una decisión para proteger su capital político y evitar que la negociación la desgaste antes de tiempo.

Venezuela necesita menos culto a las figuras y más arquitectura institucional. Si esta negociación logra abrir el camino a elecciones libres, con reglas claras y acompañamiento internacional efectivo, habrá cumplido una tarea histórica. El país no necesita vencedores anticipados; necesita una democracia donde los venezolanos puedan elegirlos libremente.

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