EL OLVIDO DE MADURO: EL SILENCIO DEL PSUV EN EL PODER Por: Eduardo Fernandez

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EL OLVIDO DE MADURO: EL SILENCIO DEL PSUV EN EL PODER

 

El dato político más elocuente de la Venezuela actual no está en una declaración, sino en una omisión. Nicolás Maduro, durante años eje del discurso chavista, aparece hoy desplazado de la conversación oficial. No figura como asunto prioritario en la negociación entre la Asamblea Nacional de 2015 y el Parlamento actual; tampoco su liberación parece haber sido colocada públicamente como condición central de una agenda que discute transición, reformas institucionales y elecciones. En política, el silencio nunca es inocente.

Conviene precisar los hechos antes de interpretar. Maduro está detenido en Estados Unidos desde enero de 2026, y el gobierno interino encabezado por Delcy Rodríguez abrió conversaciones con una delegación de la Asamblea Nacional de 2015 dirigida por Dinorah Figuera. La representación gubernamental es conducida por Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional actual. Las rondas iniciales trataron asuntos institucionales, incluida la renovación del Tribunal Supremo de Justicia, pero no incorporaron públicamente la liberación de Maduro como punto del acuerdo.

Esa ausencia marca una ruptura simbólica. El chavismo fue construido alrededor de figuras, lealtades y relatos de continuidad. Primero Chávez; luego Maduro como heredero, conductor y garante de una épica política. Por eso resulta significativo que la nueva arquitectura de poder se presente con otro lenguaje: estabilidad, coexistencia, recuperación, institucionalidad, diálogo. No es solo un cambio de vocabulario. Es la adaptación de un movimiento que intenta sobrevivir a la pérdida de su principal jefe operativo sin renunciar, por ello, a conservar poder.

Delcy Rodríguez encarna esa mutación con especial claridad. Su discurso busca proyectar gestión, normalización y control, más que la intensidad movilizadora que caracterizó a Maduro. Un recuento citado por medios internacionales señaló una caída drástica de sus menciones públicas a Maduro: de 86 en enero a ocho en abril, una reducción de 91%. La cifra por sí sola no prueba una ruptura definitiva, pero sí revela una decisión comunicacional: el antiguo centro del relato dejó de ser funcional para el nuevo momento.

Jorge Rodríguez ocupa un lugar todavía más revelador. Como negociador principal del oficialismo, administra la frontera entre continuidad y cambio. Necesita ofrecer interlocución a la oposición y a Washington, preservar cohesión interna y mantener el control del proceso. Introducir la libertad de Maduro en la mesa convertiría la negociación en una disputa personalista y restaría espacio a una agenda de garantías, instituciones y reglas electorales. Su silencio, entonces, puede leerse como cálculo: proteger la capacidad de negociación del bloque gobernante sin abrir una batalla que hoy no puede ganar.

Diosdado Cabello, símbolo de la línea más dura del chavismo, enfrenta otra dificultad: sostener la identidad del movimiento sin convertir la defensa de Maduro en el único lenguaje posible. Sus intervenciones recientes han estado más enfocadas en la disciplina interna y en la defensa de Delcy Rodríguez frente a cuestionamientos dentro del chavismo. Eso no equivale a un abandono sentimental ni jurídico; expresa una prioridad política: conservar el orden interno y evitar que la ausencia de Maduro fracture la coalición.

Hablar de “abandono” puede ser periodísticamente potente, pero exige cautela analítica. Maduro ha emitido mensajes desde prisión respaldando el diálogo y llamando a la reconciliación; por tanto, no ha desaparecido completamente del espacio público. Sin embargo, su presencia ya no organiza la estrategia del poder. Ha pasado de ser protagonista indispensable a figura incómoda, cuya defensa explícita podría dificultar acuerdos, incentivos externos y la construcción de legitimidad para un gobierno que necesita mostrarse capaz de conducir una transición.

La cuestión de fondo no es el destino personal de Maduro, sino qué revela su progresivo borramiento. Revela que el poder, incluso en sistemas altamente personalistas, busca reproducirse cuando su líder deja de estar disponible. También revela que una transición puede comenzar antes de que todos sus símbolos hayan sido reemplazados: empieza cuando las decisiones, las negociaciones y el lenguaje oficial dejan de girar alrededor de quien antes parecía irremplazable.

Para Venezuela, esa mutación no debe celebrarse acríticamente. La desaparición de un nombre del discurso no equivale a democratización. La medida real será otra: si el silencio sobre Maduro abre espacio para instituciones independientes, derechos políticos, justicia, elecciones competitivas y rendición de cuentas. Si solo cambia el rostro del poder, el país habrá presenciado una sucesión. Si cambian las reglas, podrá hablarse de una transición.

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