El mito de Marilyn: por qué nos obsesiona la diosa del amor

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Se suele decir que las estrellas de la edad de oro de Hollywood eran nuestra versión de los dioses griegos. Humphrey Bogart encarnaba el valor cínico, Bette Davis la diosa del amor duro y James Stewart el dios de la decencia. Sin embargo, Marilyn Monroe se distingue de todos ellos. El universo la dotó de una cualidad única: antes que cualquier otra cosa, fue nuestra diosa del encanto erótico. A las puertas del centenario de su nacimiento, el mundo sigue obsesionado con definir quién era y qué significaba. Al borde de la revolución sexual previa a la píldora anticonceptiva, Marilyn ya era un nuevo tipo de estrella; su mirada felina, su sonrisa magnética y sus célebres curvas en Los caballeros las prefieren rubias la convirtieron en el heraldo de una nueva era.

El brillo del diamante y la maestría interpretativa

Si revisamos sus películas hoy en día, queda más claro que nunca que Marilyn era una actriz de una habilidad hechizante. Su altivez soñadora elevó el número musical Diamonds Are a Girl’s Best Friend a una de las secuencias más grandes del séptimo arte. En los años cincuenta, los diamantes eran la fórmula para igualar las dinámicas de poder frente a los hombres, y ella se identificaba con esa joya porque reflejaba todos sus matices: la inocencia, el deseo luminoso y la fragilidad de la chica perdida. Su versatilidad quedó demostrada al pasar de la agudeza obrera en Encuentro en la noche a la deliciosa comedia de La tentación vive arriba, alcanzando su fervor dramático más angustiado en Vidas rebeldes, su última película completada.

Más allá de la rubia tonta: espiritualidad y trauma

Fuera de la pantalla, Marilyn leía a Dostoyevski, fundó su propia productora y fue una devota alumna del Actors Studio. No obstante, el mundo prefirió reducir su intelecto a una simple nota cómica. Su personalidad atribulada, marcada por su complejo matrimonio con el dramaturgo Arthur Miller y sus crónicas inseguridades en los rodajes, la convirtió en el primer gran fenómeno de telerrealidad de la historia. Aunque biografías cinematográficas recientes como Blonde han optado por retratarla como una víctima absoluta, la revisión actual bajo la óptica del movimiento #MeToo nos obliga a mirar su legado con mayor empatía. Su icónico personaje de Sugar Kane en Con faldas y a lo loco demuestra que, bajo su máscara de seducción, proyectaba un profundo anhelo de ser amada por quien realmente era.

Maria Valentina Noguera Medina

Periodista - noti-america - Promar Community Manager - Talento Plus Diseñadora/ creadora de contenido...

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