Retiro para el fervor en el corazón de Miami Por: Xiomary Urbáez. Periodista-Escritora

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Retiro para el fervor en el corazón de Miami

Por: Xiomary Urbáez. Periodista-Escritora

 

Recorrer las caminerías y los pasillos de arquitectura románica y pregótica del majestuoso monasterio español, situado en el corazón de North Miami, es una experiencia mística. Los norteamericanos son maestros de la recreación, pero… este no es el caso. Cada piedra y cada clavo del complejo son reales.

 

El monasterio fue fundado por Alfonso VII de León, en 1141, como parte de la abadía cisterciense de Santa María la Real, localizada en el municipio de Sacramenia, en la provincia de Segovia (España). Siglos después, la revolución social de 1830 lo convirtió en granero y establo. Más tarde, fue seriamente dañado por el fuego de las diferentes luchas locales.

 

En 1925, atrajo a William Randolph Hearst conocido como un gran coleccionista. El poderoso político y magnate de medios compró y desmanteló lo que se había salvado de los ataques e incendios. Los bloques del claustro, la sala capitular y el refectorio fueron enumerados, colocados en once mil (11.000) cajas y enviados a los Estados Unidos. Lamentablemente la depresión de la década del treinta afectó las finanzas del millonario y el tesoro fue abandonado por años en una bodega de Brooklyn.

 

Un par de empresarios compró los bloques, en 1952, con la intención de armar el interesante y enorme rompecabezas en Florida. Raymond Moss y William Edgemon se encargaron de contratar personal especializado para reconstruir las salas completando el conjunto con otras piezas de diferentes edificios, como la docena de escudos de armas de grandes proporciones tallados en piedra que completan el claustro y proceden del también monasterio segoviano de San Francisco de Cuéllar. Una capilla erigida en el siglo xv por Beltrán de la Cueva, valido de Enrique IV de Castilla y primer duque de Alburquerque, remató el magistral complejo.

 

Las piedras y los exuberantes jardines transportan al visitante en el tiempo. La energía cargada de religiosidad infunde paz. En el pequeño oratorio mojo las yemas de los dedos en la pileta de agua bendita y hago la señal de la Cruz. Respetuosamente me abrazo a las columnas. Tengo fe que los muros cuenten sus historias.

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