El petróleo y algo más Por: Luis Hernandez

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El petróleo y algo más
En la Venezuela de estos días, pudiera parecer extemporáneo entretenernos en reflexiones y discusiones sobre principios y valores institucionales; sobre la libertad como valor clave de la política y eje de la dignidad humana; sobre la razón del Estado y de las instituciones que lo conforman; o sobre cualquier otro tema de carácter filosófico, político o ideológico.
Las urgencias del momento aconsejan ocupar nuestros mejores esfuerzos de pensamiento y acción, en temas de marcada prioridad. A saber, la libertad de los presos políticos y el retorno de los desterrados (Ley de Amnistía incluída); la reactivación y recuperación de la economía (con particular incidencia en el área petrolera); y las políticas e iniciativas de carácter social (revisión de sueldos, salarios y pensiones; alimentación, atención a la salud, servicios públicos, etc), que aminoren el sufrimiento del pueblo venezolano.
Esta jerarquización temática, no puede-sin embargo- obviar la necesidad de promover en su momento, un amplio debate sobre las principales causas que nos trajeron hasta aquí. Hasta este despeñadero. La tragedia venezolana es de proporciones inmensurables. Y ello impone desmantelar todo el  fraudulento, pernicioso y contrario al interés nacional, creado por
Por supuesto, no es cuestión que podremos lograr de la noche a la mañana, y sin sortear colosales obstáculos políticos, económicos, sociales y culturales. Pero hay que hacerlo; y de la mejor manera. Anteponiendo los superiores intereses de la nación por encima de cualquier interés parcial, partidista o personal.
Está coyuntura histórica exige definiciones frente a la tarea de repensar y refundar la república. No habrá mejor momento para promover y procurar los cambios fundamentales que demanda nuestra sociedad. Se trata -en definitiva- de erradicar el sistema primitivo y anárquico de la fuerza, para abrirle paso franco al civilismo.
A tales efectos, nos permitimos expresar y compartir la tésis de quienes proponen la convocatoria al poder constituyente originario, para echar las bases constitucionales de la nueva Venezuela que hemos de reconstruir y consolidar entre todos.
Una constitución no implanta la libertad por si sola, sino que es consecuencia de ella. De una situación previa de libertad. Pero aún cuando en  Venezuela no la hayamos alcanzado plenamente, es obvio que las decisiones más importantes del país, ya no son monopolio del moribundo régimen socialcomunista. Lo que expresa con marcada nitidez que el proceso liberalizador está avanzando.
De allí la importancia de la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente (ANC), que albergue en su seno a la voluntad política general de la nación, y que asuma con responsabilidad patriótica, la magna tarea de consultar, discutir, analizar y aprobar las bases normativas de carácter fundamental, que nos permitan formalizar jurídicamente el cambio político que estamos propugnando.
Pudiera parecer contraproducente, difícil e inédita, la propuesta los complejos tiempos iniciales de está transición política. Es cuestión de ópticas y pareceres. Pero el tema está sobre la mesa y habrá que discutirlo. Conjuntamente con la materia que sería objeto de esa discusión: reelección y período presidencial; doble vuelta electoral; retorno al parlamento bicameral derecho al voto de los militares activos; municipalización de la vida pública; lo relativo a la hacienda pública regional; el asunto petrolero; la propiedad del suelo y el subsuelo; la conveniencia del Estado empresario; y otros temas de importancia capital para el porvenir de Venezuela.
¿Será contraproducente esta propuesta? No lo creemos. Nada que invoque el ejercicio de la soberanía popular y que implique la participación del pueblo, para modelar y prefigurar el país que queremos, puede ser negativo y contrario al interés nacional. Sobremanera después de este largo cerrojo que se le impuso a la expresión y participación libre de los venezolanos.
¿Difícil? Claro que lo será. Los obstáculos que deberán sortearse, serán variados y de no poca monta. Quienes se resisten a dejar el poder y sus colaboradores, querrán una transición que deje en pie, restos de esa institucionalidad secuestrada y afín al régimen, para conservar privilegios e intentar morigerar sus tropelías.
¿Inédita? Sin duda alguna, lo sería. Por lo menos en nuestro país. Pués lo corriente ha sido, activar el poder constituyente y elaborar una nueva constitución, luego de haber desplazado al régimen anterior en su totalidad, o al menos en su estructura fundamental.
Así ocurrió, para hablar de lo más contemporáneo, en 1961. Luego del desplazamiento del  perezjimenizta en enero de 1958. Y también fue así, en el año 1999, a propósito del arribo de Hugo Chávez al poder, luego de derrotar electoralmente al puntofijismo, en diciembre de 1998. En ambos casos, aún con procedimientos distintos, se siguió el orden que señalamos anteriormente.
De manera que, sería ciertamente una decisión inédita, la de acordar un proceso  también, con el novedoso tutelaje d activación del poder constituyente, procura en primer lugar: reestructurar y recomponer el marco institucional del país, seriamente averiado y descompuesto, como consecuencia del ejercicio despótico del poder, para imponer un proyecto político de carácter hegemónico y totalitario, de factura socialcomunista. Y en segundo término: para delinear y conformar en una ANC, el cuerpo normativo constitucional con que hemos de transitar los nuevos tiempos venezolanos.
En definitiva, se trata de activar en está transición el poder constituyente originario, para limpiar, desmalezar y sanear, el contaminado terreno institucional; para sembrar la ideas y plantar las bases constitucionales de una nación estable, segura, próspera y desarrollada. Y hacerlo antes de la legitimación de las nuevas autoridades, que elegiremos democráticamente en su oportunidad. De eso se trata. Dios con nosotros. Amanecerá y veremos.

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