¿Que esta pasando? Y ¿a donde vamos?: La Transición Forzada y el Fin de un Ciclo en Venezuela Por: Eduardo Fernandez

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¿Que esta pasando? Y ¿a donde vamos?: La Transición Forzada y el Fin de un Ciclo en Venezuela

La pregunta que resuena en Venezuela y en observadores globales es desgarradora en su simplicidad: ¿Qué está pasando y hacia dónde vamos? Ofrecer una respuesta categórica es imposible; la geopolítica no es una ciencia exacta, sino un tablero dinámico donde cada movimiento altera el resultado final. Las transiciones políticas son, por naturaleza, procesos inestables. Latinoamérica cuenta con ejemplos exitosos (Chile, Brasil), pero el caso venezolano se erige como un fenómeno atípico y revelador.

La situación desnudó verdades crudas. La extracción del presidente en ejercicio por fuerzas extranjeras, actuando bajo mandato judicial estadounidense, exhibió la profunda desarticulación de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Su incapacidad de reacción y el vacío de mando evidenciaron una institución colapsada, más dedicada al control interno que a la defensa de la soberanía. Esto plantea una interrogante estratégica devastadora: ¿dónde está el fruto del colosal presupuesto militar? La respuesta, conocida por todos, apunta a la corrupción sistémica y a la desviación de fondos.

El país fue derrotado en cuestión de minutos sin un disparo. La sumisión posterior del gobierno bolivariano ha sido palpable. Las alocuciones públicas de figuras como Trump y Rubio no son meras declaraciones; son órdenes de facto que delinean la gobernanza. El presidente de la Asamblea, Jorge Rodríguez, y figuras como Diosdado Cabello, antes pilares del chavismo, ahora operan bajo una lógica de supervivencia y realpolitik. Venezuela, hoy, no está en manos de su pueblo, sino bajo la tutela directa de Washington.

El futuro político, por paradójico que parezca, se vislumbra con claridad: avanzamos hacia un gobierno de transición de composición híbrida. Será un esquema de cohabitación forzada entre figuras del antiguo régimen y la oposición, diseñado y supervisado por Estados Unidos, que actuará como veedor y garante único. Este es el precio de la rendición.

Con esto, el discurso antiimperialista de 25 años se esfumó en un mes. El «Yankee go home» claudicó, y las puertas se abrieron de par en par. La élite gobernante, que forjó su identidad en la confrontación con un «enemigo imperial», terminó sucumbiendo y siendo amaestrada por ese mismo poder. La velocidad de los cambios lo confirma: ley de amnistía, liberación de presos, apertura petrolera sin restricciones a transnacionales norteamericanas y reapertura de la embajada. En treinta días se desmontó el andamiaje ideológico de décadas.

Existe ahora una frágil sensación de mejoría, alimentada por el movimiento en los campos petroleros y la esperanza ciudadana de recuperar salarios, salud y educación. La gran incógnita es si el petróleo, esta vez, generará bienestar para la población o si simplemente cambiará de manos en un nuevo ciclo de extracción. La frase «un barril para cada venezolano» vuelve al imaginario colectivo, pero en un contexto de soberanía diluida. La transición ha comenzado, pero no como un triunfo de la democracia, sino como la consumación de una derrota geopolítica. El camino que sigue no será hacia la autonomía, sino hacia una dependencia reconstituida bajo nuevos términos.

 

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