Cuando la libertad se administra desde el poder. Por: Emilin Piña Mogollon

NOTI-AMERICA.COM | FLORIDA

Cuando la libertad se administra desde el poder.

El pasado 8 de enero, Venezuela amaneció con la noticia de la liberación de un grupo de presos políticos. Para las familias y para quienes han vivido la prisión injusta, el regreso a casa tiene un profundo significado humano. Sin embargo, como país, no podemos quedarnos únicamente en el alivio inmediato. Es necesario detenernos y preguntarnos qué representa realmente esta liberación en un sistema donde la libertad ha sido convertida en instrumento político. La libertad no ha sido tratada como un derecho inherente a la persona, sino como un recurso que el poder administra, concede o retira según su conveniencia. Cuando la libertad se usa como moneda de canje, deja de ser justicia y se transforma en control. Y cuando se libera a algunos mientras otros permanecen encarcelados por las mismas razones, la excarcelación pierde su carácter de derecho y adquiere el rostro de estrategia.

La existencia misma de presos políticos es una negación estructural de la democracia. Nadie debería ser detenido por pensar distinto, por participar en la vida política o por defender principios democráticos. Sin embargo, durante más de dos décadas se ha criminalizado la disidencia, se ha perseguido la opinión y se ha utilizado el sistema de justicia como un mecanismo de castigo político, debilitando la confianza ciudadana y quebrando el Estado de derecho.

Ante este escenario, surgen preguntas inevitables: ¿Puede hablarse de avances democráticos cuando la libertad se entrega de forma fragmentada y condicionada? ¿Es auténtico un proceso que libera hoy a algunos, pero que permita nuevas detenciones arbitrarias? ¿Puede llamarse diálogo a espacios que, en el pasado, han servido para dilatar soluciones, desmovilizar a la sociedad y perpetuar el poder?

La libertad no puede depender del momento político ni de las presiones circunstanciales. Mientras existan personas privadas de libertad por razones políticas, ningún gesto será suficiente. La liberación condicionada no borra la persecución, ni repara el daño causado, ni garantiza que no se repita. La exigencia de hoy debe ir más allá de una lista de nombres, debe centrarse en el fondo del problema: que cesen las detenciones por motivos políticos, que se garantice la libertad de pensamiento y de decisión, y que defender la democracia no siga siendo una conducta castigada.

Como sociedad, estamos llamados a una reflexión profunda: ¿Puede construirse un futuro democrático sobre la base del miedo y la discrecionalidad?

Hasta la fecha de hoy, 9 de enero, quedan 811 presos políticos todavía bajo el régimen Madurista y los venezolanos exigimos la liberación total e incondicional de estos presos políticos.

La verdadera transformación no ocurre cuando el poder decide a quién libera, sino cuando deja de encarcelar por pensar distinto. Solo entonces la libertad dejará de ser una herramienta de manipulación y podrá recuperar su sentido esencial: el de un derecho que no se concede, no se negocia y no se condiciona.

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