El rol de los espacios de enriquecimiento en la crianza moderna

Por María Gabriela Graterol

Hace más de una década, en Caracas, abrí las puertas de Chikilimboom sin saber muy bien en qué se convertiría. Empezó como un lugar donde los niños podían tomar clases de tutoría, terapia de lenguaje, baile y karate fuera del horario escolar. Lo que descubrí con los años —viendo entrar y salir a cientos de familias— es que estos espacios no son un «extra» en la vida de un niño. Son, muchas veces, el lugar donde ocurre el desarrollo que ni la escuela ni la casa logran cubrir solas.

Hoy, en Doral, dirijo TinMarín, y sigo viendo el mismo patrón, solo que con un contexto distinto: familias que trabajan más horas, que viven lejos de sus redes de apoyo tradicionales —abuelos, tíos, vecinos de toda la vida— y que necesitan algo más que una guardería. Necesitan un lugar que entienda al niño como un proyecto en desarrollo, no como un horario que hay que cubrir.

Lo que la escuela no siempre alcanza a dar

La escuela tradicional está diseñada para enseñar contenido a un grupo. Eso es necesario, pero incompleto. Un niño que tiene dificultad para regular sus emociones, que necesita más tiempo para consolidar la lectura, o que simplemente florece mejor en espacios pequeños y menos estructurados, no siempre encuentra ese apoyo dentro del aula convencional.

En los espacios de enriquecimiento —hablo desde la experiencia directa de haber sostenido conversaciones con cientos de padres, en dos países distintos, en momentos de vida muy distintos— pasa algo particular: el adulto que acompaña al niño tiene tiempo y espacio para observarlo de cerca. No hay currículo que cumplir a toda costa. Hay margen para notar que un niño de cuatro años necesita practicar la tijera veinte veces más que su compañero antes de sentirse seguro, o que otro necesita moverse físicamente antes de poder sentarse a escuchar un cuento.

Esa observación cercana, sostenida en el tiempo, es lo que permite detectar a tiempo tanto los rezagos como los talentos. Y es, quizás, el valor más silencioso —y menos reconocido— de estos espacios.

La migración como lente

Fundar un centro de este tipo dos veces, en dos países, me enseñó algo que no esperaba: los espacios de enriquecimiento son también un ancla para familias en movimiento. Cuando una familia migra, pierde de golpe su red de apoyo cotidiana. El niño puede quedar, sin que nadie lo planifique, sin los referentes que antes acompañaban su crecimiento: la tía que lo cuidaba después del colegio, el vecino que lo veía crecer, el pediatra que conocía su historia.

Un espacio de enriquecimiento bien concebido puede, en parte, reconstruir esa red. No reemplaza a la familia extendida, pero ofrece continuidad, adultos que conocen al niño mes tras mes, y —algo que subestimamos— otros padres en la misma situación con quienes compartir la crianza. En Doral sigo viendo lo mismo: algunas de las conversaciones más valiosas que tengo no son con los niños, sino con sus padres, que buscan con quién compartir las dudas y decisiones que antes resolvían en familia.

Lo que le diría a cualquier padre

Si algo he aprendido en estos años, tanto en Caracas como en Miami, es esto: elegir un espacio de enriquecimiento para un hijo no es llenar una agenda. Es elegir quién más, además de la familia, va a tener ojos puestos en ese niño durante los años en que se está formando.

Mi consejo a los padres siempre es el mismo: busquen un lugar donde alguien pueda nombrar a su hijo por sus particularidades —no solo por su edad o su grupo— y donde ese conocimiento se traduzca en decisiones concretas sobre cómo acompañarlo. Eso, más que cualquier actividad puntual, es lo que deja huella.

Ese ha sido, en el fondo, el hilo que conecta Chikilimboom con TinMarín: no el nombre del centro ni el país donde funciona, sino la convicción de que cada niño necesita, además de sus padres, una comunidad de adultos que lo observe con atención y lo acompañe con intención.

Lo que quisiera que perdure

Si algún día alguien retoma algo de lo que he construido en estos dos centros, en dos países, esto es lo que espero que se quede: que un espacio de enriquecimiento nunca se mida solo por las actividades que ofrece, sino por qué tan bien conoce a cada niño que pasa por él. Cualquiera puede llenar una agenda de clases; muy pocos se toman el tiempo de preguntarle a un padre «¿cómo está durmiendo?», «¿qué le está costando esta semana?», «¿qué lo hace reír?».

Ese es, para mí, el verdadero legado de este trabajo: no un método ni un modelo de negocio, sino una manera de mirar a los niños —y de acompañar a sus padres— que espero que otros educadores sigan sosteniendo mucho después de que yo haya dejado de estar al frente de un salón.

María Gabriela Graterol es cofundadora de Chikilimboom (Caracas, 2012–2015) y codirectora de TinMarín, un centro de enriquecimiento infantil en Doral, Florida.

También te podría gustar...