Cumaná: La primogénita del continente Por: Xiomary Urbáez. Periodista-Escritora
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Cumaná: La primogénita del continente
Por: Xiomary Urbáez. Periodista-Escritora
La montañosa carretera que conduce desde Puerto la Cruz hasta Cumaná ofrece paisajes increíbles. Las vistas marinas del Parque Nacional Mochima parecen una obra plástica Divina. Esa transparencia acuática facilita a los pescadores detectar los cardúmenes de jurel. En la tierra, también la bondad de Dios se nota. Un bosque húmedo tropical bordea el camino. Coloridos quioscos de frutas, casabe y naiboa reflejan lo fértil de nuestra tierra de gracia. A orillas del mar Caribe, justo en la desembocadura del río Manzanares, fundada en 1515, Cumaná es la ciudad más antigua de Suramérica continental. Como zona histórica tiene suficiente piedra que “escuchar” … para quienes desean hacerlo.
El Castillo de San Antonio de la Eminencia es una fortaleza colonial del siglo XVII. Fue construido entre 1659 y 1686 por el gobernador de la Provincia de Nueva Andalucía para proteger la ciudad. Ha resistido embates del hombre y de la naturaleza, destacándose como prisión (en sus calabozos estuvo recluido el prócer independentista Francisco de Miranda, en 1812) o como bastión defensivo por su altura sobre el cerro Pan de Azúcar. Las cuatro puntas de los muros de piedra coralina, de hasta dos metros de grosor, dominan el espacio y son los mejores miradores para disfrutar de Cumaná y del golfo de Cariaco.
La Basílica Menor de Santa Inés, el templo católico más antiguo de la ciudad ha tenido remodelaciones en los últimos años y ahora luce una fachada blanca. Su edificación es arquitectura colonial neorrenacentista coronada por dos torres campanario. En el interior destaca el altar francés, las columnas dóricas y un piso de gran valor histórico. A su lado, las ruinas del Castillo de Santa María de La Cabeza son también una visita interesante.
Frente a Cumaná se explaya la Península de Araya. Dicen que, en sus aguas, los lebranches tienen tamaños descomunales. Las ruinas del Castillo La Real Fortaleza de Santiago de Arroyo de Araya (1630) desafían el paso del tiempo. A su alrededor, las tierras de clima árido o de paisajes lunares como el de las salinas alimentan las leyendas. Cuentan que un marino leproso se curó con las aguas rosadas y de allí la devoción a Nuestra Señora de las Aguas Santas o Virgen de Araya. Los pescadores aseguran que en noches de marea baja los espíritus de piratas deambulan custodiando tesoros enterrados. Más de uno jura haber visto apariciones de galeones fantasmas.
En el malecón guardo la imaginación y “vuelvo a la vida” con un cóctel llenito de camarones, pulpo, calamares, pepitonas, guacucos, ostras, chipichipis, limón y aguardiente, combinado con huevas de lisa.
“Aquel júbilo de aurora
y aquel ambiente de paz
y aquel murmullo de río
y aquel rugido de mar.…”, escribió Andrés Eloy Blanco sobre la ciudad que lo vio nacer. Disfruto de la brisa fresquita -en un atardecer coloreado- oteando el horizonte. Con suerte, quizás vea el espectro de algún fantasmagórico velero al garete.





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