Crítica de ‘Berlín’: Inma Cuesta, al rescate de una serie masticada

NOTI-AMERICA.COM | MÉXICO

Berlín está de vuelta para despedirse. El actor Pedro Alonso, cuyo magnetismo le permitió protagonizar el primer spin-off de La casa de papel a pesar de haber muerto en el atraco de la Fábrica de Moneda y Timbre, avisó que esta sería su última aventura como el ladrón Andrés de Fonollosa. Esta vez, con el título de Berlín y la dama del armiño, el personaje quiere robar el cuadro de Leonardo Da Vinci en Málaga. Tiene una virtud con respecto a la primera temporada: la incorporación de Inma Cuesta como una ladrona de sangre caliente.

En los nuevos episodios, se vuelve a reunir la banda. Los creadores Álex Pina y Esther Martínez Lobato utilizan las necesidades expositivas de las tramas como una forma de generar ritmo. Toca explicar por qué Berlín decide robar a los duques de Málaga (José Luis García-Pérez y Marta Nieto) con montajes acelerados. Por ejemplo, Damián (Tristán Ulloa), tras ser abandonado, está desolado y necesita un entretenimiento. Y, posiblemente por necesidades dramáticas (de tener salseo y conflictos), las parejas jóvenes están cualquier cosa menos felices.

Roi (Julio Peña y Fernández) y Cameron (Begoña Vargas), por razones que desconocemos, ni se hablan. Algo sucedió que tiene que ser revelado. En lo que se refiere a Bruce (Joel Sánchez) y Keila (Michelle Jenner), en teoría estaban en un momento perfecto. Se casaron delante de más de mil personas en una fiesta alocada. Pero allí mismo, después de una vida de soledad y sin hombres a la vista, Keila se encaprichó por un hombre muy atractivo (Jason Fernández) que podría alterar ese “y comieron perdices”.

Si La casa de papel tenía una pátina política y populista que le permitió ser un atraco dramático perfecto para la exportación a todos los mercados, aquí la ambición es distinta: Berlín siempre ha querido ser ligera (un tanto relamida con el exceso de confianza en Pedro Alonso y sus repelentes monólogos) y obviamente un divertimento. Quiere ser tan accesible que a menudo uno puede plantearse si duda de la inteligencia del espectador, al subrayar y exponer cada elemento.

Esto no la exime de tener momentos inverosímiles en la presentación de situaciones o ser tremendamente superficial en el tratamiento de los personajes y las relaciones. Incluso hay desajustes en el tono por la ansiedad de estar siempre arriba, ya sea por el exceso de suspense en situaciones que no lo merecen (la caída de un simple dron) o la introducción de momentos más tensos en una serie donde no acaban de encajar (la irrupción de Luis Calleja en la trama).

Pero, como decía, la llegada de Inma Cuesta por lo menos resuelve un tema problemático de Berlín como serie. El protagonista se presentó en La casa de papel como un auténtico villano, un hombre que aterrorizaba a las mujeres con un romanticismo psicópata, y después con el tiempo se lo reescribió como un ser carismático, entrañable y simplemente pintoresco en su forma de acercarse al amor. Sí, era controlador pero la mirada era ligera, desenfadada, opuesta a la presentación en la serie original.

La Candela de Inma Cuesta, que podría ser acusada de ser un cliché andaluz con patas si no fuera por su soltura, sirve de contrapeso romántico fenomenal. Al encontrarse Berlín con una ladrona capaz de incendiar la caravana de un amante infiel, o de apuntarle con un arma durante una conversación, la sensación es que estamos viendo una relación de igual a igual: Berlín es tóxico pero Candela también.

El aire juguetón de su dinámica, por lo tanto, es más disfrutable que el anterior idilio parisino en una serie con ritmo pero posiblemente sin alma, salvo por la pasión que sienten los creadores por el trabajo de Pedro Alonso.

Maria Valentina Noguera Medina

Periodista - noti-america - Promar Community Manager - Talento Plus Diseñadora/ creadora de contenido...

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