El Pacto del Catatumbo: romper las barreras ideológicas para reconstruir la República Por: Eduardo Fernandez
NOTI-AMERICA.COM | VENEZUELA
El Pacto del Catatumbo: romper las barreras ideológicas para reconstruir la República
Venezuela necesita algo más difícil que una victoria electoral y más profundo que un cambio de gobierno: necesita un acuerdo de nación. En ese punto radica la relevancia del Pacto del Catatumbo, presentado como un Acuerdo Nacional por la República, la Democracia y el Futuro de Venezuela, concebido desde Maracaibo como una convergencia entre actores políticos, organizaciones de la sociedad civil, gremios empresariales, trabajadores, universidades y sectores religiosos. Su mensaje de fondo es claro: ninguna fuerza, por poderosa que se crea, podrá reconstruir sola un país devastado por la fractura institucional, el colapso de los servicios, la persecución política, la hiperinflación y la migración forzada.
La novedad política del Pacto no consiste únicamente en sus propuestas institucionales y económicas. Su verdadero valor reside en algo más decisivo: la disposición a identificar puntos de unión entre sectores distintos, incluso adversarios, para establecer una base común de convivencia republicana. En sociedades polarizadas, el máximo acto de responsabilidad no es reafirmar la pureza ideológica propia, sino aceptar que la reconstrucción nacional exige pactar con quienes piensan distinto.
Durante demasiado tiempo, la política venezolana ha estado secuestrada por una lógica binaria: amigo o enemigo, lealtad o traición, hegemonía o exclusión. Esa cultura ha impedido construir reglas compartidas y ha convertido cada disputa en una batalla existencial. El Pacto del Catatumbo intenta romper con esa inercia al proponer que los acuerdos fundamentales sobre la democracia, la separación de poderes, la no persecución política, la disciplina fiscal, la protección social no clientelar y la autonomía universitaria deben preceder y trascender a cualquier gobierno. Es, en esencia, una invitación a sustituir la política del exterminio por la política del límite.
Aquí aparece una lección central para el debate latinoamericano: los países no se reconstruyen desde la homogeneidad, sino desde la capacidad de administrar sus diferencias. La madurez democrática no consiste en borrar ideologías, sino en impedir que se transformen en muros infranqueables. Venezuela no necesita unanimidad; necesita un consenso básico sobre aquello que no puede volver a destruirse: el voto, la justicia, la propiedad, la institucionalidad, la descentralización, la ciudadanía social y el respeto al pluralismo.
Por eso, romper las barreras ideológicas no significa renunciar a convicciones. Significa entender que hay un plano superior al conflicto partidista: la supervivencia misma de la República. Un país que ha sufrido la colonización del Estado por facciones, el uso político de los tribunales y la subordinación de la economía a la lógica del control no puede seguir discutiendo desde trincheras dogmáticas. Debe pasar, con urgencia, a una racionalidad de reconstrucción.
El Pacto acierta cuando se presenta no como un reparto de cuotas, sino como un contrato social con la ciudadanía y con la historia. Esa definición es crucial. Si se quiere salir del abismo, la solución no puede ser una revancha administrada por otros, sino un nuevo marco de garantías donde nadie tenga poder suficiente para imponer su hegemonía y todos estén obligados a respetar reglas comunes. La unidad, entonces, no es una consigna sentimental: es una arquitectura institucional y moral.
En última instancia, el Pacto del Catatumbo vale por lo que simboliza y por lo que exige. Simboliza la posibilidad de que Venezuela vuelva a pensarse como una comunidad política compartida. Y exige a sus actores abandonar la comodidad de las identidades cerradas para asumir la incomodidad fecunda del acuerdo. Esa es, quizá, la tarea más urgente del presente: comprender que la reconstrucción de la República solo será posible cuando los venezolanos decidan que sus diferencias no son más importantes que su destino común.



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