Cuando la política se aleja de la gente: Un Pacto Nacional ciudadano Por: Eduardo Fernandez

NOTI-AMERICA.COM | VENEZUELA

Cuando la política se aleja de la gente: Un Pacto Nacional ciudadano

Hay una fractura cada vez más visible entre el ciudadano común y la dirigencia política. Mientras buena parte del liderazgo discute cuotas de poder, candidaturas, diferencias internas o disputas de protagonismo, la mayoría de la población vive atrapada en una urgencia mucho más concreta: sobrevivir. Esa es hoy la verdadera agenda del venezolano.

La preocupación principal de millones de personas no está en los juegos tácticos de la política ni en los conflictos entre grupos de oposición o de gobierno. Está en el salario. Está en la angustia de llegar a fin de mes. Está en la imposibilidad diaria de cubrir necesidades básicas en un país donde la cesta básica ronda los 1.300 dólares, mientras el ingreso de un trabajador resulta dramáticamente insuficiente para sostener a su familia.

Esa es la realidad que duele. Esa es la desconexión que indigna.

El ciudadano siente que la política dejó de hablar su idioma. La madre que hace milagros para alimentar a sus hijos, el jubilado que ve desaparecer su pensión, el maestro que no puede vivir de su profesión, el empleado público que depende de bonos para compensar un salario destruido, no quiere más peleas estériles. Quiere respuestas. Quiere propuestas. Quieren dirigentes capaces de entender que la emergencia social no admite más distracciones.

Durante demasiado tiempo, el país ha sufrido no solo por un modelo de poder autoritario y excluyente, sino también por la incapacidad de construir una alternativa sólida, coherente y unitaria. Muchas veces, los egos personales, los cálculos particulares y las rivalidades pequeñas han pesado más que el sufrimiento nacional. Y cuando eso ocurre, pierde la ciudadanía. Pierde la esperanza. Pierde la democracia.

La unidad no puede seguir siendo una consigna vacía. Tiene que convertirse en un compromiso real, ético y estratégico. No una unidad para repartir espacios, sino para reconstruir la República. No una alianza temporal de conveniencia, sino un acuerdo profundo sobre el país que se quiere levantar.

Por eso, Venezuela necesita un gran pacto nacional.

Un pacto nacional no significa borrar las diferencias ni negar la pluralidad. Significa comprender que hay temas que deben estar por encima de cualquier partido, caudillo o liderazgo personalista. Significa acordar principios mínimos e irrenunciables: respeto a la Constitución, defensa de los derechos humanos, instituciones independientes, alternancia en el poder, salarios dignos, educación de calidad, salud pública efectiva y oportunidades reales para todos.

Ese pacto debe ser moral, político y social. Moral, porque exige poner al país por encima de los intereses individuales. Político, porque exige acuerdos estables para defender la democracia. Y social, porque debe tener como centro la vida concreta de la gente, no la retórica vacía de las élites.

Las futuras generaciones merecen un país distinto. Merecen crecer en una Venezuela donde el trabajo tenga valor, donde la ley proteja al ciudadano y no al poderoso, donde disentir no sea una amenaza, donde gobernar no signifique someter. Merecen una democracia firme, con instituciones capaces de impedir que vuelvan al poder proyectos autoritarios disfrazados de redención popular.

La reconstrucción de Venezuela no se hará desde el resentimiento ni desde el culto a una figura salvadora. Se hará desde la madurez colectiva. Desde la capacidad de acordar. Desde la convicción de que ninguna persona, por brillante que parezca, puede estar por encima de la nación. Y también desde la certeza de que el adversario principal no es quien piensa distinto dentro del campo democrático, sino el autoritarismo que destruyó instituciones, empobreció al ciudadano y fracturó el tejido social.

Hoy más que nunca, la política tiene que volver a su razón de ser: servir.

Si la dirigencia no entiende que la prioridad del venezolano es vivir con dignidad, comer, trabajar, educar a sus hijos y tener futuro, seguirá hablando sola. Y un país donde la política habla sola es un país en riesgo.

Porque solo en unidad, con visión de país y con un pacto democrático duradero, será posible construir la Venezuela libre, justa y decente que millones de ciudadanos siguen esperando.

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