El delta del Orinoco: la telaraña del warao, el pueblo de las curiaras Por: Xiomary Urbáez. Periodista-Escritora

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El delta del Orinoco: la telaraña del warao, el pueblo de las curiaras

Por: Xiomary Urbáez. Periodista-Escritora

El delta venezolano es tierra de misterios y leyendas primigenias. Desde Tucupita navego varias horas por el caño Mánamo, la enorme “autopista acuática” que conecta con el mundo warao. Al llegar al campamento, en el caño Bujana, me pierdo entre las flores de bora atónita frente a la corriente desobediente. Pulsa en mis oídos la voz melodiosa de Aquiles Machado: “Extasiado me quedé/al ver una flor/perfumando al río. /Era angelical/como el azahar/y corría y corría…”.

Soy la VIAJERA DEL RÍO. Desde un chinchorro de moriche siento la mirada de Dios en los ojitos de los niños. En las márgenes del cauce majestuoso del Orinoco se yerguen los morichales. En la fibra de la palma moriche está la esencia warao. Es el árbol de la vida y lo aprovechan todo. Es casa, comida y trabajo. En la urdimbre de la hebra hasta el mito de la creación se trama tejido con agujas de huesos. El warao hila la vida dejando huellas sagradas. Con sus hojas levantan viviendas y elaboran la variada artesanía. De los troncos extraen el palmito, manjar de dioses preciado en platillos internacionales; fabrican las curiaras, el medio de transporte y -cuando caen- sirven como criaderos de larvas gordas que consumen con placer. Dicen que el gusano del moriche es energizane y afrodisíaco. Me envalentono y lo pruebo frito. El sabor entre crujiente y grasoso pasa con un trago de ron.

Antes de saltar del muelle me aseguro de que no hay peligro. Estoy a merced del travieso humor de la naturaleza para nadar con o contra corriente. De este a oeste o viceversa, dependiendo del poder fluvial sobre las mareas. Dawané, es una joven visitante de una aldea yekuana, cercana al río Caura. Con ella peregrino por rituales ancestrales. Utilizando una pasta roja -previamente preparada con raíces- su mano dibuja un signo polisémico en mi mejilla mientras murmura un monólogo místico, cosmogónico. Me transporto.

Al atardecer, con el incendio voraz provocado por el sol entre las nubes gozan los sentidos. Surcan las curiaras como lo han hecho desde hace más de tres mil años. Nono (tierra) huele a moriche y el Orinoco a cacao de agua. En las llamas del ardiente cielo se funden la realidad con la leyenda. Es la tierra del diluvio y de los dioses. Mueren las antorchas del campamento. Desde los tupidos matorrales chillan los araguatos y reptan las culebras. La brillante y oscura bóveda estrellada cubre la selva. Yo, criatura de ciudad, temo más al vaivén del chinchorro con mosquitero que a los bichos y encantos. Me encomiendo. La selva, manglares y morichales del delta del Orinoco son regalos benditos que redimen el alma de quienes deseamos ser redimidos.

Un poco de historia: En la fibra de la palma moriche está la esencia warao. Es el árbol de la vida y lo aprovechan todo. Es casa, comida y trabajo. En la urdimbre de la hebra hasta el mito de la creación se trama tejido con agujas de huesos.

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