Chacchoben: la tierra colorada de los mayas Por: Xiomary Urbáez. Periodista-Escritora
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Chacchoben: la tierra colorada de los mayas
Por: Xiomary Urbáez. Periodista-Escritora
El crucero que navega por Las Bahamas y la Riviera maya ofrece paseos a las ruinas del parque arqueológico de Chacchoben o Tierra Colorada, en Quintana Roo, México. Poco me apetece la idea de compartir con un grupo. El costo tampoco es convincente. Resolvemos bajar, pagar un taxi y andar por nuestra cuenta. Una pareja de jóvenes anda en las mismas y decidimos compartir el vehículo. Leti es publicista y Alejandro es arquitecto. Karina, nuestra taxista, nos esperará para el traslado de regreso. Es más cómodo que una excursión. Además, el dinero queda en mano de los locales.
Nos toma cincuenta minutos llegar desde la costa hasta los restos indígenas. Previo pago de la entrada, contratamos los servicios de Victoria, una joven profesional en estudios internacionales con licencia de guía. El calor de la selva tropical y el aullido de los monos nos dan la bienvenida. La energía ancestral se siente desde las primeras estructuras. Las pirámides de Venus, de las Vasijas y la del Sol están situadas estratégicamente en la plaza de las ofrendas, en la parte alta. En el terreno más bajo, la zona residencial complementa el complejo construido doscientos años antes de Cristo. Todo lo que nos rodea señala a los mayas como un grupo destacado social y culturalmente. Manejaban su propio sistema matemático en el que usaban el cero, una escritura jeroglífica bien desarrollada y eran expertos en arte, arquitectura, astronomía y con una comprensión increíble del tema ecológico.
Antes del descubrimiento de las ruinas de Chacchoben, en 1972, su posterior excavación (1990) y la apertura al público, el poblado del mismo nombre vivía mayormente de la agricultura. El árbol del chicle aportaba ingresos importantes en la comunidad. La goma de mascar es una industria poderosa en el mundo actual. Sin embargo, su uso es muy antiguo. La rica golosina es un regalo de la cultura maya, nacido en las selvas de Centroamérica hace más de dos mil años. La palabra Chicle proviene del náhuatl. Victoria -nuestra guía- explica que chi es boca, mientras cle indica la acción de masticar y describe al polímero gomoso obtenido de la savia del árbol Zapota. “Fue usado como pegamento para construir el poderoso imperio”, manifiesta.
Una vez que hemos completado el recorrido por los vestigios del pueblo ancestral, llega la hora de trepar la pirámide del Sol, la más alta de las tres. El ascenso nos toma un buen rato ¿Cómo hacían los mayas para subir los grandes peldaños? Estoy confundida. El hombre mesoamericano no era alto. La media en estatura estaba por debajo del metro y medio. Según los historiadores hay constancia de que el Gran Pakal llegó a medir 1,70 m. Su porte y conquistas lo convirtieron en un legendario gobernante. Sin embargo, la mayoría eran pequeños y gruesos. Factores como la dieta y la religión influían en sus características físicas. La alimentación prehispánica estaba basada en la trilogía maíz, frijol y chile. El deporte no era una práctica usual, aunque jugaban pelota. Las actividades místicas como la meditación sí eran relevantes. Intento hacer lo que me indican. Subo de medio lado y con el cuerpo inclinado.
“Es más rápido, seguro, se castiga menos las piernas y también es una forma de postrarse ante los dioses”, dice la guía. Su comentario me paraliza. Lo primero que viene a mi cabeza -llena de siglo XXI- es la imagen de un conductismo primitivo aplicado a las masas, para implantar ideología y manipular mucho antes de Pávlov. Sacudo la idea del control social. También me inclino ante el Dios católico. Me dejo llevar por la historia menuda, la no oficial. Las pirámides mayas se escalan en zigzag, de lado, como las culebras. Ellos construyeron los escalones para seguir tanto la forma de Kukulkán, la serpiente emplumada, como las líneas ondulantes del sol al pasar de un solsticio a otro.
Estoy encantada con la mitología maya. Sigo escalando en ángulos de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Una vez en el tope rescato el aliento esperando normalizar mi alocado corazón. También voy reptando al descender. Silenciosa, serpenteo entre los muros anchos de la antigua piedra labrada. Acaricio la historia en las esquinas rectas y redondeadas de las pirámides, en los templos, patios, viviendas y galerías construidos en tempranos estilos arquitectónicos. Siguen chillando los monos entre el ramaje, se derrumban las barreras. Conmovida, me inclino ante la grandeza de esos dioses primigenios que simbolizan al mismísimo en el que yo creo.
Pizca de historia: La palabra Chicle proviene del náhuatl. Chi es boca, mientras cle indica la acción de masticar y describe al polímero gomoso obtenido de la savia del árbol Zapota.








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