Chile no puede darse el lujo de declararle la guerra a sus inmigrantes Por Braulio Jatar Alonso

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Chile no puede darse el lujo de declararle la guerra a sus inmigrantes

Por Braulio Jatar Alonso

Hay países que resuelven sus crisis. Y hay países cuyos políticos prefieren buscar culpables.

Chile corre hoy ese riesgo. El nuevo ciclo político encabezado por José Antonio Kast llega al poder con un discurso que ha convertido a la migración en blanco predilecto de la ansiedad nacional. No es una novedad latinoamericana ni una rareza chilena: ocurre también en Estados Unidos y en otras democracias fatigadas, donde una parte de la dirigencia descubrió que señalar al extranjero rinde más electoralmente que corregir la incompetencia propia.

Lo más grave no es sólo la dureza del lenguaje. Lo verdaderamente inquietante es la fabricación deliberada de miedo. Se instala en el debate público la idea de que el inmigrante es una amenaza por definición, una carga, un factor de deterioro, un sospechoso permanente.

Y así, con una facilidad alarmante, se borra de un plumazo a la inmensa mayoría de personas que se levantan cada mañana a trabajar, a emprender, a pagar arriendo, a sostener familias y a contribuir —sin épica y sin propaganda— al funcionamiento real de Chile.

La política mediocre necesita chivos expiatorios. Es una vieja técnica: cuando no se sabe gobernar, se divide; cuando no se sabe producir resultados, se fabrica un enemigo. Ayer fueron unos. Hoy son los inmigrantes. Mañana será cualquier otro grupo útil para la manipulación del miedo. El populismo, sea de izquierda o de derecha, comparte esa misma miseria moral: simplificar problemas complejos, prometer mano dura como sustituto de inteligencia y administrar frustraciones en vez de resolverlas.

Nuestra oposición a las políticas antimigratorias que asoman desde el nuevo gobierno no nace de un arrebato emocional, aunque sobrarían razones humanas para sentir indignación. Nace, sobre todo, de una convicción práctica, nacional y estratégica: Chile necesita orden, sí; pero también necesita gente. Necesita talento, brazos, conocimiento, energía productiva y renovación demográfica. Esa no es una consigna sentimental.

Un país con natalidad deprimida no puede tratar a la migración útil, honesta y trabajadora como si fuera un estorbo histórico. Puede y debe perseguir al delincuente. Puede y debe combatir el crimen organizado. Puede y debe cerrar espacios a la trata, al tráfico y a las mafias. Pero una cosa es la seguridad y otra la demagogia. Una cosa es aplicar la ley y otra muy distinta es convertir a toda una población en sospechosa para ganar aplausos fáciles.

Ése es el punto que demasiados prefieren ocultar: la crisis de seguridad no se resuelve con histeria identitaria. Se resuelve con inteligencia policial, coordinación institucional, control fronterizo serio, persecución penal eficaz y capacidad de gestión. Todo lo demás —el estruendo verbal, la caricatura del extranjero, la sobreactuación punitiva— puede servir para un mitin, pero no para gobernar una república.

Chile, además, no necesita abrir otra fractura inútil. Lleva décadas atrapado en polarizaciones estériles, en trincheras ideológicas que cambian de nombre, pero no de resultado. Pinochetistas recalentados, izquierdas ensimismadas, maximalismos de distinto signo, y ahora una conversación pública donde el miedo se explota como si fuera programa de gobierno. Entre unos y otros, la mayoría de los ciudadanos sigue esperando lo mismo: seguridad, estabilidad, crecimiento, servicios dignos y respuestas concretas. No arengas. No enemigos de ocasión.

Por eso conviene decirlo con toda claridad: nos opondremos a las políticas populistas antiinmigrantes del gobierno de Kast. Y lo haremos no sólo por solidaridad con quienes llegaron desde otras tierras, sino también por responsabilidad con Chile. Porque defender una política migratoria racional, firme y humana no es “ser blando”; es evitar que el país se dispare en el pie por cálculo ideológico.

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