Diosdado Cabello: el eterno número dos con destino final Por: Braulio Jatar Alonso

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Diosdado Cabello: el eterno número dos con destino final

Por Braulio Jatar Alonso | Notiamérica

A Diosdado Cabello muchos lo llaman —yo no lo comparto— el número dos del chavismo. Lo fue con Hugo Chávez, lo fue con Nicolás Maduro y hoy pretende seguir siéndolo con Delcy Rodríguez. Más que un número, Cabello es una constante: siempre está, siempre sobrevive, siempre se queda.

Su permanencia no responde a liderazgo moral, ni a resultados, ni a visión de país. Responde al control del miedo, al ruido, a la intimidación y a la administración del ala más dura —y más resentida— de la izquierda extrema venezolana. Esa es su apuesta: quedarse con el capital político residual de los sectores más radicalizados, aun cuando el país entero está exhausto.

El problema es que el contexto cambió de forma brutal. El ataque militar que sacudió al régimen no solo desarticuló estructuras: dejó a sus copartidarios aterrados, capitulando, sin ánimo ni discurso. Lo que vino después fue silencio, desorientación y obediencia por supervivencia. No hubo épica. Hubo miedo.

En ese escenario, resulta éticamente insostenible que funcionarios responsables de la seguridad del Estado —defensa, inteligencia, orden interno— sigan aferrados a sus cargos como si nada hubiese ocurrido, luego de permitir con irresponsabilidad absoluta la muerte de más de un centenar de subordinados, simpatizantes y personal contratado. No hubo renuncias. No hubo asunción de responsabilidades. Solo continuidad.

Las fuerzas armadas y de seguridad venezolanas han sufrido el mayor desprestigio, derrota y humillación de su historia republicana. Sin embargo, continúan desfilando con uniformes impecables y condecoraciones que ya no representan honor, sino negación. La forma sin fondo. El ritual sin dignidad.

En medio de ese derrumbe, Diosdado Cabello —el más parlanchín, el más agrio, el más agresivo— busca una nueva careta para sobrevivir. Habla, amenaza, gesticula. Pero todos saben que su margen se agotó. El escenario es binario: o renuncia, o lo remueven; o se va, o lo capturan. Basta una filtración, un soplo, un error más.

Su destino final ya no depende de su verbo, sino de la realidad que lo rodea. Y esa realidad es implacable: Venezuela no necesita eternos números dos. Necesita cerrar ciclos.

Y el de Diosdado Cabello está cerrado.

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