Vail, Colorado… más que esquí Por: Xiomary Urbáez. Periodista-Escritora

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Vail, Colorado… más que esquí

Por: Xiomary Urbáez. Periodista-Escritora

Vail es un pueblo de gran belleza emplazado en la falda de la Rocosa del mismo nombre, en Colorado. Es también un excelente centro de esquí. El terreno para la práctica del deporte invernal se extiende por 39 km², haciéndolo la estación más grande de Norteamérica. Los esquiadores después de deslizarse por las empinadas bajadas salen a tomar café, cervezas, vino o a degustar los platillos internacionales en los muchos y variados locales. Hay para todos los gustos. Los visitantes también disfrutan de pistas para patinaje sobre hielo o simplemente merodean las tiendas de artesanía local y las boutiques de alta factura.

Camino lentamente disfrutando del aire límpido de las serranías. Me detengo frente al monumento en la plaza Slifer dedicado a la Décima División Montañera, llamada también la tropa de esquí en honor a los dieciocho mil soldados-esquiadores que después de entrenarse muy cerca de Vail pelearon en los montes Apeninos, durante la Segunda Guerra Mundial. Los veteranos de la unidad fundaron la industria del esquí deportivo, en Colorado. La escultura de bronce representa un soldado con equipo del deporte y un rifle, recalcando el adiestramiento alpino. Bonito homenaje. Cruzo el puente sobre el río para alejarme del bullicio. Vail es diferente a los pintorescos y muy norteamericanos pueblitos de los alrededores. Sus callejuelas empedradas y la arquitectura de sus edificaciones semejan a una villa alpina europea.

En el solitario y blanco espacio que me rodea el espíritu del “piel roja’ sigue vivo. El vahído del mi propio aliento semeja al de las pipas de la paz. Miro a mi alrededor. Llegamos al siglo XXI con las glorias del pasado. Lo que una vez fue territorio indígena, ahora es tierra de blancos. El paisaje también lo es. La historia con sus giros y el ser humano víctima de sus circunstancias. Dicen las leyendas amerindias que cuando sólo existía el Gran Abuelo de los Arapahos y su pipa la existencia era tranquila. Durante siglos la labor del Gran Abuelo fue construir el mundo. Del lodo marino traído por las tortugas hizo otros animales, flores, árboles y frutos. Creó montañas, mares, ríos y lagos. Puso al sol para calentar el día y a la luna para iluminar la noche. Supo entonces que faltaba el ser humano. Con restos de arcilla moldeó al hombre y a su mujer. Satisfecho ante su creación los coció con el aliento. La pareja estuvo lista para aprovechar de los animales la carne como alimento, las pieles para vestidos y los huesos para herramientas. Tendrían hijos y llegada la hora el Gran Abuelo los esperaría en las Praderas Eternas para acogerlos a su lado.

Un soplo del viento anima los copos de nieve que van cayendo a mi alrededor. Danza la naturaleza. Mis botas se hunden en la nieve. Son hermosas las similitudes de la leyenda fundacional y el destino final de la humanidad al lado del Creador con las enseñanzas del dogma cristiano. Ahora que atravieso la hermosa etapa de la abuelidad imagino la posibilidad de una Gran Abuela con la responsabilidad de legar historias. No hay futuro sin pasado. Sonrío.

Un poco de historia:  Dieciocho mil soldados-esquiadores después de entrenarse muy cerca de Vail pelearon en los montes Apeninos, durante la Segunda Guerra Mundial. Los veteranos de la unidad fundaron la industria del deporte, en Colorado.

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