La ONU y la encrucijada de la transición venezolana Por: Eduardo Fernandez

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La ONU y la encrucijada de la transición venezolana

Participar en la Asamblea General de la ONU no es un simple acto protocolar: es un termómetro de legitimidad internacional y, a la vez, un espejo que devuelve a cada país la imagen de su propia coherencia interna. Para una oposición que aspira a consolidar una transición, la presencia de Delcy Rodríguez como “presidenta encargada” ante las Naciones Unidas, mientras se bloquea el retorno de María Corina Machado, revela una contradicción que no puede ser ignorada.

Mientras Rodríguez llega a Nueva York para “llevar la voz de Venezuela” y se reúne con Donald Trump en un gesto presentado como victoria diplomática, Machado acumula intentos fallidos por ingresar al país. La escena es elocuente: en el exterior, la nueva autoridad interina negocia energía, deuda y reconstrucción; en la frontera, una líder opositora es impedida de pisar su propio suelo.

Para un público opositor, esto no es un detalle logístico: es un síntoma de quién asume hoy el poder como si nunca lo hubiera ejercido. Quienes gobiernan en esta etapa interina parecen haber internalizado la lógica del Estado que heredaron: control de accesos, discrecionalidad en la representación y priorización de la imagen exterior sobre la coherencia interna.

La responsabilidad recae en quienes, desde el interinato, reproducen prácticas de exclusión y centralización que debían ser superadas. Si la transición se construye sobre la misma arquitectura de puertas cerradas, el mensaje es claro: el cambio de nombres no garantiza el cambio de reglas. En una transición real, la primera prueba de fuego es la libertad de movimiento de los actores políticos y la garantía de que el espacio público no será administrado como botín.

En España, la transición no se consolidó solo con pactos en la cúspide, sino con gestos de inclusión que permitieron que los liderazgos emergentes circularan, hablaran y compitieran sin vetos arbitrarios. En Nicaragua, por el contrario, la persistencia de exclusiones y la concentración del poder en un núcleo reducido alimentaron una ilusión de estabilidad que terminó por erosionar la credibilidad del proceso. Venezuela está a tiempo de elegir: o normaliza la participación interna y externa de todos los actores, o corre el riesgo de que su “nueva cara” sea leída como una continuación con otro maquillaje.

Estar en la ONU implica asumir una narrativa de representación única. Pero esa narrativa se vuelve frágil cuando, simultáneamente, se impide el retorno de una figura clave de la oposición. La comunidad internacional observa: si la voz de Venezuela en Nueva York no tiene contrapeso en Caracas, la credibilidad de la transición se resiente.

Para la oposición, la exigencia debe ser doble: reconocimiento internacional sí, pero acompañado de apertura interna real. No basta con negociar petróleo y deuda; hay que devolverle al país la política como espacio común. Quienes hoy asumen el gobierno interino tienen la obligación de demostrar que la transición no es un relevo de élites, sino un cambio de reglas. Si no, la ONU será solo un escenario más donde se proyecta una imagen que no resiste la prueba de la realidad venezolana.

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