Acuerdo en Panama: La negación del nuevo tablero político venezolano Por: Eduardo Fernandez

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Acuerdo en Panama: La negación del nuevo tablero político venezolano

Toda estrategia opositora seria debe partir de una premisa elemental: la política no puede seguir siendo un ejercicio de nostalgia. Si algo revela la reunión de Panamá convocada por María Corina Machado es, precisamente, la persistencia de una cultura política opositora que insiste en reproducir esquemas agotados, alianzas poco creíbles y lenguajes de confrontación que ya no se corresponden con la realidad venezolana ni con el entorno internacional, esos esquemas se repitieron con la coordinadora demoratica o con la mesa de la unidad. Más que inaugurar una nueva etapa, el llamado “Pacto de Panamá” parece expresar la dificultad de un sector para reconocer que el país, la región y los actores externos se mueven hoy bajo coordenadas distintas.

Uno de los problemas centrales del encuentro es su déficit de amplitud. Un pacto que pretende proyectarse como referencia nacional no puede nacer desde la exclusión selectiva de actores relevantes de la oposición democrática. Si no convoca a todas las fuerzas, o al menos no construye mecanismos genuinos de interlocución plural, termina pareciéndose menos a una plataforma de unidad que a un intento de centralización política bajo otro nombre. Y en la Venezuela actual, donde la fragmentación opositora ha sido una de las grandes victorias del chavismo, insistir en una lógica de depuración interna antes que de articulación estratégica luce no solo sectario, sino contraproducente.

A ello se suma un problema de credibilidad política. Buena parte de la dirigencia opositora arrastra un desgaste profundo derivado de errores acumulados, promesas incumplidas, administraciones fallidas y episodios que dañaron severamente la confianza ciudadana. El simple reciclaje de figuras cuestionadas, sin balance autocrítico ni delimitación ética clara, debilita cualquier intento de relanzamiento. En política, la memoria importa. Y una sociedad exhausta, empobrecida y desconfiada no responde ya con facilidad a convocatorias que parecen reeditar fórmulas conocidas con nuevos emblemas.

Pero quizá el aspecto más delicado es el desacople estratégico. Durante años, un sector de la oposición leyó la crisis venezolana bajo una lógica de colapso inminente: máxima presión, aislamiento del régimen, fractura definitiva y movilización de calle como antesala de desenlace. Esa lectura pudo tener sentido en un momento determinado. Hoy, sin embargo, el tablero cambió. La comunidad internacional, y en particular Washington, ha desplazado su énfasis hacia esquemas de negociación, administración del conflicto, incentivos graduales y salidas políticamente procesadas. Eso no significa legitimación del chavismo, sino reconocimiento realista de que cualquier transición o recomposición del poder en Venezuela tendrá que pasar, de una u otra forma, por una negociación donde el gobierno actual entre en la ecuación.

Seguir actuando como si todavía se estuviera en 2014 o 2017 constituye un error de época. Las protestas de esos años respondieron a un momento de alta efervescencia social, expectativas de quiebre y correlaciones distintas. Hoy el país está atravesado por fatiga política, fragmentación social, miedo acumulado, migración masiva y una ciudadanía mucho más escéptica frente a los llamados épicos sin traducción institucional. Convocar a la calle sin leer esas transformaciones no es radicalidad; es desconexión. Peor aún: puede ser una forma de irresponsabilidad si se vuelve a colocar a la sociedad en una ruta de sacrificio sin estrategia de cierre.

La oposición venezolana necesita menos gestualidad y más inteligencia política. Necesita entender que la confrontación simbólica no sustituye la construcción de poder, y que la legitimidad no se decreta desde eventos internacionales ni desde pactos de circuito cerrado. Si de verdad se aspira a una transición, hace falta una plataforma amplia, creíble, capaz de combinar presión, negociación, acumulación institucional y representación plural.

El verdadero desafío no es firmar otro pacto, sino abandonar de una vez la ficción de que el chavismo saldrá únicamente por voluntad moral de sus adversarios. Venezuela entró en otra fase. Y toda dirigencia que no comprenda eso corre el riesgo de seguir hablando en nombre del cambio mientras, en los hechos, posterga su posibilidad.

 

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