LA EDAD NO DEBERÍA SER UNA SENTENCIA POR: Dra. Abog. Estefany Vasquez Rojas
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LA EDAD NO DEBERÍA SER UNA SENTENCIA
POR: Dra. Abog. Estefany Vasquez Rojas
Hace poco escuché a una mujer excepcional, de solo cuarenta y seis años, disculparse casi en susurros por su deseo de iniciar una segunda carrera universitaria. Manifestaba que a su edad parece una locura esa decisión, encogiéndose de hombros como si revelara algo imprudente. Me quedé reflexionando sobre la sutil violencia que se oculta en esa declaración. Me causa ruido pensar que el anhelo de aprender, de cambiar de dirección o de empezar de nuevo tiene una fecha de vencimiento; me deja la sensación de que existimos en una sociedad que gestiona el tiempo de las mujeres como si fuera una pena.
Al llegar a los veinte, se nos otorga la libertad para investigar; al llegar a los treinta, se espera que tengamos un acuerdo firme con la seguridad; pues resulta obligatorio tener un trabajo estable, una familia organizada, un temperamento controlado; y al sobrepasar los cuarenta, se considera que debemos retirarnos con elegancia al rincón de las existencias ya concluidas. Mientras que para los hombres, la madurez a menudo se interpreta como el clímax del poder y el respeto, a las mujeres se les sugiere que cada década que pasa representa un paso hacia la insignificancia.
Se nos educa para creer que si el gran sueño no ocurrió en la juventud, ya no tenemos jurisdicción sobre él. «Me niego a aceptar ese veredicto cultural: la edad es un dato biológico, jamás una sentencia. Las obras más sólidas rara vez nacen de la prisa juvenil; nacen de la sedimentación de la vida.» El problema de fondo es que nuestra época ha convertido la precocidad en un fetiche. Las portadas de las revistas financieras celebran con devoción a los genios menores de treinta años, instalando la ficción de que el talento es un relámpago exclusivo de la inexperiencia. Sin embargo, cuando observo la vida real —y también la historia de la cultura—, descubro que muchas de las trayectorias más deslumbrantes comenzaron precisamente cuando el mundo daba por cerrada la partida.
Nos enseñaron que, si el gran anhelo no se cumplió en la juventud, ya no hay posibilidad de lograrlo después. Enseñanza que debemos rechazar, pues la edad es solo un hecho físico, nunca un castigo. Las obras más significativas suelen emerger no por la urgencia de la juventud, sino por la acumulación de experiencias. Las portadas de las revistas de finanzas ensalzan con fervor a los genios que tienen menos de treinta años, estableciendo la ficción de que el talento es un destello exclusivo de la falta de experiencia. No obstante, al contemplar la vida real y la historia de la cultura, me doy cuenta de que varias de las trayectorias más brillantes empezaron justo cuando el mundo pensaba que todo estaba terminado.
Cuando Carolina Herrera decidió presentar su primera pasarela en Nueva York, ya había criado a cuatro hijas y superaba las cuatro décadas. A pesar de ser madre soltera y editora, Toni Morrison escribía por la mañana temprano. Publicó su primera novela alrededor de los 40 años y ganó el Premio Nobel de Literatura después de cumplir los 60. Y cuando Michelle Yeoh levantó su primer Óscar a los sesenta años, no solo celebró un triunfo artístico, sino que dejó una advertencia política para todas las generaciones que nadie se atreva jamás a decirnos que nuestro mejor momento ya pasó.
Pero sería un error pensar que esta rebeldía pertenece únicamente a las élites creativas o a las alfombras rojas. La verdadera insurgencia contra el calendario ocurre hoy en la intimidad de miles de hogares y oficinas. La veo en la mujer de cuarenta y cinco años que atraviesa un divorcio y, lejos de asumirlo como una derrota biográfica, lo transforma en el acto fundacional de su autonomía económica. La veo en la madre de cincuenta y dos que, tras acompañar el crecimiento de sus hijos, reclama por fin el turno postergado durante dos décadas y abre su propio estudio, publica un libro o retoma una vocación dormida. La veo en la mujer de sesenta o setenta años que entiende que la jubilación no es un retiro de la vida, sino la conquista de un tiempo soberano sin rendir cuentas a nadie. La veo en la mujer que tiene entre sesenta y setenta años y comprende que jubilarse no significa retirarse de la vida, sino conseguir un tiempo independiente sin tener que rendir cuentas a nadie.
Hay un capital esencial que ninguna juventud puede reproducir. A los veinticinco años tenemos energía de sobra, pero solemos vivir secuestradas por el miedo a decepcionar, por la ansiedad de encajar en moldes ajenos y por la fragilidad ante la crítica. En contraste, la mujer que ha cruzado el umbral de la madurez ha sobrevivido a tormentas verdaderas. Conoce lo que significa levantarse después de una pérdida, ha aprendido a lidiar con la incertidumbre y, sobre todo, ha logrado obtener el privilegio más subversivo de todos; pues ya no se preocupa por lo que digan los demás. Cuando una mujer madura escoge un trabajo, un proyecto o una relación amorosa, no lo hace con el propósito de agradar al guion familiar ni de embellecer una vitrina social; lo hace por fidelidad a sí misma.
La condena del tiempo se lleva a cabo únicamente cuando nosotras mismas firmamos el acta de conformidad con la frase «ya no tengo edad para esto». Reinventarse en la madurez no es una tentativa nostálgica de volver a la juventud que se ha perdido, sino la práctica plena de la adultez adquirida y el testimonio de que la identidad no es una escultura de mármol acabada a los treinta años, sino un proyecto vivo que podemos moldear hasta el último día. Que nadie nos obligue a seguir una cuenta regresiva: mientras haya curiosidad en la mirada, descontento en el pecho y valor para avanzar, cualquier edad es la adecuada para renacer.
