De la Marina Mercante a la logística terrestre: gestión del riesgo operativo en autopartes de gran volumen


Por Juan Carlos Graterol

Mi experiencia en la Marina Mercante me dejó una idea central: en operaciones
críticas, el error rara vez proviene de un solo evento; generalmente nace de una
cadena de pequeñas fallas sin control. Ese mismo principio se replica en la logística
terrestre, especialmente cuando se distribuyen autopartes de gran volumen y alto valor,
donde un daño o retraso no es un simple “incidente”, sino un costo operativo real con
impacto comercial.

En la distribución de autopartes (parachoques, puertas, capós, radiadores, piezas
estructurales y otros componentes sensibles), el transporte es solo una parte del
servicio. Lo determinante es la capacidad de operar bajo estándares de control:
trazabilidad, seguridad, integridad del producto y cumplimiento de ventanas de entrega.
En logística, estas áreas funcionan como una “gestión del riesgo” comparable a la
gestión de riesgo marítimo: requiere procedimientos y disciplina, no improvisación.
Control de riesgo y puntos críticos del proceso

En términos operativos, distingo cuatro momentos donde ocurren los mayores riesgos:
Recepción e inspección: el primer punto de pérdida ocurre cuando una pieza
entra a inventario sin verificación. La operación necesita un protocolo mínimo de
inspección inicial y documentación: identificación de la pieza, estado físico observable,
y registro del responsable que la recibe.
Manejo y protección: muchas autopartes no fallan por el trayecto, sino por la
manipulación. Las piezas deben manejarse por criterios de estabilidad, separación por
material, sujeción y protección superficial. Un estándar básico reduce daños estéticos y
estructurales, que son los más costosos.
Carga, estiba y orden de descarga: en logística profesional, el orden de carga no
se decide por conveniencia, sino por secuencia operativa. La manipulación extra eleva
daño y tiempo. Cargar pensando en la descarga es una forma de prevención.

Entrega y documentación final: sin confirmación formal (firma, hora, identidad del
receptor y observaciones), la operación queda expuesta a disputas que terminan
siendo pérdidas administrativas, aún cuando el servicio se prestó correctamente.
La lógica marítima aplicada al transporte terrestre

La industria suele separar “logística” de “gestión operativa”, pero en la práctica son
inseparables. En mar, cada operación se apoya en procedimientos y registros; lo
mismo debe ocurrir en tierra cuando la operación busca escalar. El valor no está
únicamente en llegar a destino, sino en hacerlo con repetibilidad: mismo estándar,
mismo control, mismo resultado.

El punto clave es tratar el flujo logístico como un sistema: no como eventos aislados.
Cuando estandarizamos, reducimos variabilidad; cuando reducimos variabilidad,
reducimos riesgo.

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