El Marconi diez meses después de la asonada

Un niño de no más de siete años corría sigiloso detrás de la bicicleta. Agachado junto al carro anclado a la bici intentaba alcanzar uno de los tantos melones que el dueño cargaba a cuestas. Con dificultad, el niño logró tocar una de las frutas pero, al llegar a la esquina y con un auto de frente, el intento de extraerla quedó truncado. El niño sacó la mano sin ser notado por el conductor, y se reunió con el grupo que lo esperaba en un descamapado.
Era cerca del mediodía y el Marconi empezaba a ponerse en movimiento. Con su silla en el frente o sentados directamente en el piso, familias enteras tomaban mate en la vereda. Las motos pasaban haciéndose notar y paraban, de tanto en tanto, en alguna de las viviendas.
Contenedores incendiados y la basura acumulada a su alrededor enmarcaban la escena. La plaza, construida en 2015, estaba vacía y un mural colorido, con las palabras “amor”, “amistad”, “paz”, marcaba un contraste con la imagen que en general se tiene del barrio.
Los vecinos lo reconocen. “Es como todo barrio, hay bandidos”, dijo a El Observador el concejal vecinal, Arides Conde. Para la sociedad, Marconi es una zona roja y el último gran incidente, el 27 de mayo de 2016, afianzó esa visión: tras un tiroteo con la policía, un joven de 16 años buscado por una rapiña falleció, y lo que le siguió fueron enfrentamientos, pedreas, y la quema de un ómnibus y de autos. Para muchos vecinos, fue la gota que derramó el vaso.
Cuando ocurrieron los incidentes, Olga Martínez (48) llevaba a su hijo al club. “Nos quedamos paraditos en la esquina viendo cómo prendían fuego (el ómnibus) con la gente arriba, y los padres corriendo para sacar a los chiquilines”, contó. Lo que sintió fue impotencia: “Nunca pensamos que la gente fuera a hacer eso”.
“Habían pasado muchas cosas ya. Esto fue la gota que derramó el vaso. No podíamos creer que habiendo tanta gente que lo conoce al doctor lo lastimaran y le quemaran el auto”
No se trató del primer suceso de esas características aunque, desde entonces, algo cambió. La vida en el barrio siguió su ritmo, pero “la magnitud de la agresividad, impactó y movilizó” no solo a los de afuera sino también a los vecinos, explicó la coordinadora de la escuela de oficios de Tacurú –una de las organizaciones sociales que trabaja en Marconi-, Beatriz Brites.
Desde lo que ocurrió en mayo, en el barrio hay tranquilidad, dijo Brites y el sentimiento es de nunca más. “Lo que queremos es eso y lo vamos a lograr, que vean que ya no es el barrio que muestran las cámaras”, confirmó Martínez.
“La magnitud de la agresividad de lo que se vivió impactó y movilizó a las familias que estaban sorprendidas y quieren que no vuelva a pasar”
Pero el cambio es lento. A los vecinos “les impactó, pero por el miedo no se animan a hacer mucha cosa”, aseguró Brites. Es un proceso, explicó. “Las cosas van saliendo, los padres preguntan, se acercan y miran pero no participan. Después pasan y te dicen: ‘Qué lindo'”.

Todos por Marconi

La remera naranja flúo distinguía a Martínez y a su hija del resto de los vecinos que pasaban frente a la policlínica. En letras verdes, estampado sobre la tela, se leía “Todos x Marconi”, el nombre de la cooperativa que crearon unas 16 personas del barrio y con la que intentan demostrar que “en Marconi no hay solo delincuentes”.
La idea de la cooperativa surgió luego de los incidentes de mayo. Algunos vecinos empezaron a acudir a las reuniones entre ONGs, la intendencia, el Mides y el municipio para buscar a una solución a la violencia instalada en esa zona, y se pusieron el proyecto al hombro. Finalmente, a mediados de enero, las remeras naranjas empezaron a limpiarle la cara al barrio.
Esa mañana, primero con azada y luego con máquinas que les regaló un vecino, se habían dedicado a podar una cancha de fútbol en la que los yuyos les llegaban al pecho. Lo que busca la cooperativa es “mejorar la mugre. Que la gente pueda salir y tenga una plaza limpia, que las criaturas puedan jugar tranquilas, que se termine la violencia, tanto de la gente como de la Policía”. “Para que vean que no hay solo gente mala”, repetía Martínez.
 
“Hace 10 días no podías pasar porque el agua podrida te mojaba los pies. Era todo hasta arriba y hasta la mitad de la calle estaba lleno de mugre”, dice, y al ver la banquina cubierta de un pasto verde, prolijo, y la calle despejada, parece difícil de creer. “Lo limpiamos y sigue todo limpito”, agrega con orgullo. No muchos creían en que la cooperativa llegaría a funcionar, pero ahora la valoran.
“Felicitaciones, me puso re contenta”, le dijo a Martínez una vecina que pasó a saludar. Otros la ven barriendo y le alcanzan agua, refrescos, bizcochos. “Ahí vos te das cuenta que la gente quiere un cambio”, dijo, “ven que empezamos a luchar para demostrarle a los que hicieron daño que no podían contra lo que trabajan”.
El cambio sucedió no solo en los vecinos sino también en las autoridades. En grupos de a dos, policías de la Guardia Republicana recorrían el barrio esa mañana de febrero. La presencia era notoria y según la directora de Tacurú, eso influye en la relativa tranquilidad del Marconi. “Antes
pasaban cosas mucho más graves, uno llamaba y nunca venían”, dijo.
Para la alcaldesa del municipio D, Sandra Nedov evaluar cómo quedó el barrio luego del incidente es tarea difícil. “Tenemos que tratar de generar el vínculo sano entre los vecinos y que no se piense como un lugar en el que se dirimen los conflictos”, señaló. La salida que encontraron fue generar eventos culturales. Hay reuniones mensuales y una decisión política del gobierno de dar apoyo a una zona donde más de un 60% de los hogares tiene las necesidades básicas insatisfechas, afirmó Nedov.
A la gente le gusta afirmó el consejal. “Actividades culturales había cuando yo tenía 7 años, cuando hacíamos teatro, pero ahora hacía años que no había nada”, dijo el hombre de 63 años que vivió allí toda su vida. Contó que muchos hasta se emocionan con las actuaciones. Van madres con niños, se generan vínculos, dijo. “Son los malandros los que no quieren que e barrio progrese pero lo vamos a hacer progresar. La gente tiene que cambiar”, aseguró.
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