Así quiere dirigir Donald Trump la mayor economía del mundo

Lo primero que hay que tener en cuenta a la hora de analizar los programas electorales de Hillary Clinton y deDonald Trump es una cosa: en EEUU el liberalismo no sólo ha muerto sino que en estos comicios se le ha enterrado muy profundo. La verdad es que el liberalismo en EEUU era como una especie de ninot que el Partido Republicano sacaba a pasear todas las campañas y quemaba cuando empezaba a gobernar.

No hay más que ver el historial de los últimos cuatro presidentes republicanos. Richard Nixon puso al frente de la Reserva Federal a Arthur Burns, que, para agradar a su presidente, mantuvo los tipos de interés innecesariamente bajos durante los primeros shocks del petróleo y acabó provocando la estanflación (recesión e inflación) de los 70. Sólo Jimmy Carter, que empezó la liberalización de la economía -en sectores como el transporte aéreo y por carretera, y la vivienda- de la que luego Ronald Reagan haría bandera puso al frente del instituto emisor a un economista independiente, Paul Volcker, que es quien liquidó esa inflación.

En 1986 un Gobierno de Ronald Reagan más preocupado por mantener los tipos bajos que por mantener la inflación -de precios o de activos- bajo control liquidó a Volcker y puso en su lugar a Alan Greenspan (“por fin nos hemos librado de ese hijo de puta”, dijo el entonces secretario del Tesoro y posterior confidente de George Bush padre, James Baker). Desde entonces, los republicanos tuvieron el control de la Fed hasta que en 2014 Barack Obama puso a Janet Yellen al frente del instituto emisor.

Y ahora, ¿qué quiere hacer Trump? Lo primero, acabar con la independencia del banco central que controla la moneda de reserva del mundo. No es especulación. Lo ha dicho. “No tengo nada contra Yellen, es una persona muy capaz. Pero no es republicana”, dijo el 5 de mayo a la cadena de televisión CNBC. Trump también dejó clara su idea de una política monetaria basada en el dólar débil y en tipos de interés bajos. “Adoro el concepto de un dólar fuerte, pero, si miras lo que el dólar fuerte provoca, te das cuenta de que es algo que suena mucho mejor de lo que es”, dijo. Evidentemente, un dólar débil fomenta las exportaciones. Y ésa es una de las claves de la campaña de Trump.

Fue en aquella misma entrevista en la que el candidato republicano propuso, lisa y llanamente, que Estados Unidos suspenda pagos. “Hay ocasiones en las que sería mejor para nosotros refinanciar la deuda y aumentar sus plazos”, dijo. Esas declaraciones dejan a la Argentina kirchnerista -o incluso a la Venezuela de Maduro- más cerca de Milton Friedman, Friedrich Hayek y Ludwig von Mises que a unos EEUU bajo Trump. Pero, como siempre en Trump, no hay de qué preocuparse… salvo del candidato en sí. Porque entre su equipo de asesores está, por ejemplo, la economista Judy Sheldon, que lleva dos décadas y media prediciendo el colapso del dólar y últimamente ha reclamado la vuelta al patrón oro. O sea, que puede ser lo que Trump diga. O todo lo contrario.

Pero la ruptura de Trump con la ortodoxia republicana no concluye ahí. Un elemento crítico en los candidatos de ese partido ha sido privatizar el sistema de pensiones. En 2004, cuando George W. Bush fue reelegido, dijo: “Tengo capital político. Y voy a gastarlo”. Lo gastó en dos reformas que nunca llegaron a ningún sitio: la de la inmigración -que en estas elecciones ni siquiera se plantea- y la de las pensiones -en las que quiso introducir elementos de planes de pensiones privados-. Fue la única vez que el entonces presidente trató verdaderamente de liberalizar la economía. Y fueron los propios republicanos, que controlaban el Congreso, los que lo torpedearon.

En 2016, Trump ya lo ha dejado claro: las pensiones no se tocan. Igual que el Medicare, que es el sistema público-privado de asistencia médica a la tercera edad. No es, en realidad, más que adecuar la retórica a los hechos. Los republicanos siempre hablan de recortar el componente público del Medicare, pero George W. Bush expandió la parte del Estado del programa de forma dramática en 2003, en lo que constituyó una forma indirecta de ganarse el voto de la tercera edad, los médicos y las empresas farmacéuticas, pues suponía que se ampliaba una cobertura que prestan empresas y profesionales privados pero paga el Estado.

Lo mismo pasa con el Medicaid, similar al Medicare pero destinado a las personas de bajos ingresos. Trump no lo va a reformar. ¿La razón? Una parte significativa de sus votantes son lo que los estadounidenses, en un ejemplo de racismo, llaman white trash (basura blanca) y usan ese programa para tener una cobertura médica. Claro que tampoco Reagan tocó ese programa.

Estas propuestas son una herejía para el republicano más influyente en materia de política económica, el presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, que en 2011 propuso un plan fiscal que consiste en eliminar todo el gasto público de EEUU salvo el de Defensa. La discrepancia es aún mayor porque Trump quiere aumentar el gasto público con un billón de dólares (900.000 millones de euros) en gasto en infraestructuras en cuatro años, lo que supone incrementar el presupuesto en, al menos, un 6,5% anual. Dice que esa inversión generaría 13 millones de empleos, lo que en un país con una tasa de paro del 4,9% supondría, en principio, que la inflación se disparara, aunque en realidad esa cantidad de empleo no está justificada por ningún estudio serio.

Pero hay áreas en las que Trump se ajusta a la ortodoxia republicana. Una es en materia impositiva. Es un firme defensor de la teoría del goteo –trickle down– que sostiene que, si se baja la presión fiscal a las rentas más altas toda la economía se beneficia. De hecho, ha tenido que moderar algunas propuestas para dejarlas al nivel de las de Ryan, dado que en principio Trump era un mayor defensor de los tipos marginales bajos para los ciudadanos con mayores ingresos.

Así, quiere limitar el tipo máximo federal (en EEUU los Estados y a veces hasta las ciudades tienen sus propios tipos marginales) del Impuesto de Sucesiones al 15%, frente al 33% actual, y el del IRPF del 39,6% al 33%. A eso se suman otras medidas, como una deducción para las familias que tengan que llevar a sus hijos a guarderías. Pero esto sólo afectaría a los contribuyentes que pagan impuestos, ya que es una deducción. Los exentos del IRPF por sus bajos ingresos -precisamente los que necesitan las ayudas- no se beneficiarían.

No es el único punto de coincidencia. Trump quiere eliminar restricciones a la extracción de petróleo y gas por fracking y, de hecho, uno de sus mayores donantes y asesores es Harold Hamm, un gran empresario del sector, con un patrimonio de 10.000 millones de dólares (9.000 millones de euros). También afirma que eliminará restricciones a las emisiones de gases contaminantes porque “el cambio climático es un invento de China para que EEUU deje de ser competitivo”.

Pero donde Trump dinamita la doctrina económica republicana en forma y fondo es en libre comercio. El empresario quiere renegociar el Tratado de Libre Comercio que ese país mantiene desde 1994 con sus dos mayores socios: Canadá y México. Si Ottawa y México se oponen, Trump retirará a EEUU del Tratado. Si gana las elecciones, también declarará a China “manipulador de su divisa”, lo que abriría la puerta a aranceles de hasta el 100% a las importaciones de productos de ese país. Esto es notable porque entre los expertos hay consenso en que la divisa china, el renminbi, está sobrevalorada, no artificialmente baja. En política comercial, Trump quiere abandonar los acuerdos multilaterales -como el TPP, firmado con 11 países de la cuenca del Pacífico- y sustituirlos por tratados bilaterales.

Esos detalles no importan mucho a Trump ni tampoco la aplicación práctica de su programa. Gran parte de sus propuestas, sobre todo en materia de impuestos, deben ser aprobadas por el Congreso y no está nada claro que vaya a suceder. Y, en último término, sus planes son un ejemplo de ambigüedad. La mejor muestra: el Salario Mínimo Interprofesional. Según The Washington Post, Trump ha cambiado de opinión 14 veces al respecto. Así que habría que plantearse, más que si Trump se ajusta a la retórica liberal republicana, en qué cree el candidato.

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