La máquina que verifica compras, apuestas… y asesinatos

Un cliente pide un servicio, una empresa lo ejecuta… y un ordenador decide si ha cumplido (o no) antes de pagar. Así son los ‘contratos inteligentes’.

La tecnología está reventando los cimientos de las teorías económicas. Quien siga pensando que el dinero solo tiene dos caminos -consumir o ahorrar- ha dejado de estar en lo cierto. Hay una tercera dimensión, un limbo intermedio: el dinero, hoy en día, se puede programar. Se puede dejar en suspenso, inaccesible, e imponerle condiciones para que cambie (o no) de dueño en el momento en que se cumplan. Esa programación se llama contrato inteligente(smart contracts) y lo mismo puede usarse para hacer apuestas de fútbol sin intermediarios que para automatizar el pago de la mercancía que llega a un almacén o encargar un asesinato sin que el criminal y su cliente sepan nada el uno del otro. No hace falta.

Una vez el contrato se aloja en la red y el dinero en cuestión queda bloqueado en un depósito, cambiará de manos o volverá a su dueño original cuando el programa compruebe si se ha cumplido o no la condición establecida. Ya sea quién ganó la apuesta, si la entrega de la mercancía se ha realizado o si la persona señalada ha muerto. Hecho el contrato (el programa), fin de la mediación humana. Queda alojado en la Red, donde tiene toda la información que necesita consultar, y es autoejecutable. Consecuencia: una vez firmado el contrato, no hay marcha atrás.

El concepto no es nuevo. Lo acuñó en 1994 el experto en criptografía Nick Szabo, señalado durante mucho tiempo como uno de los posibles padres de Bitcoin. Pero es hoy cuando el desarrollo de los contratos inteligentes está en plena efervescencia. Los grandes sectores de la economía están interesados, probando prototipos de puertas adentro: la banca, las grandes superficies, las empresas de energía, de logística. La posibilidad de ahorrar costes es enorme desde el momento en que se eliminan intermediarios, explican tres de los mayores expertos en contratos inteligentes: Alberto Gómez Toribio, especialista en Blockchain en Grupo Barrabés; Pablo Fernández Burgueño, abogado tecnológico en Abanlex, y Jorge Ordovás, cofundador de Nevtrace.

Bloque tras bloque. En su fórmula original, el smart contract utiliza la cadena de bloques de bitcoin o de otra criptomoneda como la plataforma Ethereum. Esa cadena de bloques se basa en que cada transacción (cada pago en bitcoins) genera un bloque de información que queda atrapado entre el bloque que recoge el anterior movimiento realizado con ese bitcoin y el siguiente. Y toda esa información engarzada (de ahí el nombre de cadena de bloques) se aloja en una red de decenas de miles de ordenadores, los que se han ido conectando a la red Bitcoin desde su creación en 2009. Su fortaleza se basa en que en todos ellos la información debe ser la misma, tiene que haber consenso sobre qué cuenta es la última propietaria de un bitcoin y cuál ha sido su recorrido desde que ese bitcoinfue acuñado. El contrato inteligente, al alojarse en esa red de ordenadores que actúan por absoluto consenso, es tan inamovible como el trayecto que ha recorrido un bitcoin.

El único intermediario del contrato una vez constituido no es humano, es parte de la programación. Lo llaman oráculo y se encarga de verificar el cumplimiento de las condiciones establecidas. Es el que preguntará al gestor aeroportuario las horas de llegada de los vuelos, si se ha establecido un contrato inteligente para indemnizar a los pasajeros cuando un avión se retrasa; el que verificará cuándo un vídeo de Youtube ha llegado al número de visionados que activa el pago de un patrocinio; o el que comprobará si alguien sigue vivo para, en caso contrario, entregar todas tus claves electrónicas a la persona que se haya determinado.

Esto último, denominado testamento electrónico, fue desarrollado en España por Gómez Toribio a través de Clluc, empresa del grupo Barrabés. Es una solución para usuario final y por serlo no se ha comercializado aún, como la práctica totalidad de las ideas que están pergeñando los expertos. El motivo es que los smart contracts obligan a operar con bitcoins y la experiencia de usuario ni es cómoda ni está extendida. Ese es el próximo reto. Lograr que al usuario le sea fácil. «Estoy convencido de que es cuestión de tiempo», comenta Gómez Toribio.

Quien sí se ha puesto las pilas es la industria que, como tampoco le interesa realizar transacciones con criptomonedas, está creando sus propias plataformas, sus protocolos fuera de las cadenas de bloques de Bitcoin o Ethereum. Se han quedado con la filosofía: la posibilidad de programar el dinero. Pero lo que programan son euros, dólares… El consenso se obtiene de forma interna, no por conexión a una red inmensa de servidores de usuarios desconocidos entre sí. Eso significa, entre otras cosas, que en estos casos los contratos inteligentes sí se pueden modificar.

El sector inversor es uno de los primeros que ha puesto los ojos en la idea. «Sabemos, porque lo han anunciado ellos aunque mantienen en secreto los detalles, que Nasdaq (la segunda mayor bolsa de valores automatizada de EEUU) está trabajando en esta tecnología»,explica Gómez Toribio. «Se cree que pueden estar desarrollando programación para operar en Bolsa con técnicas mucho más complejas que las ya muy extendidas de las stop-loss [venta automática de títulos cuando su valor se coloca por debajo de un mínimo preestablecido]. Basándose en smart contracts pueden estar desarrollando tecnología que permita inversiones simultáneas en determinados activos a la baja y al alza, que se cubran unas a otras sin mediación humana».

España, tan cuestionada en muchas cosas, es puntera en este área de innovación. El primer banco del mundo que invirtió en una empresa de desarrollo de negocio basado en contratos inteligentes fue español. La empresa era española, Coinffeine, fundada por Gómez Toribio y la primera del mundo cuyo capital social se constituyó en bitcoins. Además, la Universidad Europea de Madrid va a impartir un máster presencial sobre bitcoin, cadena de bloques y contratos inteligentes, algo que sólo existe hoy por hoy en Princeton y Nicosia. En él participan Ordovás, director del programa, Fernández Burgueño y Gómez Toribio. «España es uno de los países más avanzados. Ahora hay intereses muy fuertes también en Reino Unido y Alemania pero en España todos los grandes bancos están interesados y casi todas las grandes compañías lo están explorando. En EEUU son mucho más conservadores», comenta Gómez Toribio.

Pablo Fernández Burgueño se despide con una frase inquietante sobre el futuro de esta revolución tecnológica: «Menos mal que no hemos adosado aún los smart contracts a inteligencia artificial». Parece cuestión de tiempo. ¿Comienza el reinado de las máquinas?

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