Mirtha Legrand: “No hay día en que no piense en mi hijo y en mi marido”

“Yo he aportado para ese milagro”, dispara Mirtha Legrand con justeza. No se refiere a ningún hecho paranormal. O sí. Su marido Daniel Tinayre era quien le confirmaba una y otra vez: “Chiquita, tu carrera es milagrosa”. Y lo es. Tanto como sus 90 años de vida.

Víspera de celebración

Faltan pocas horas para que el atardecer del jueves 23 de febrero encuentre a Mirtha Legrand festejando su cumpleaños en la casa de su hija Marcela Tinayre, en el corazón de Barrio Parque. Mirtha vive a pocas cuadras de allí con Elvira, su colaboradora de toda la vida, quien junto a Mónica, una de las asistentes de su programa televisivo, le ordenan la cotidianidad de su piso sobre avenida Del Libertador. Ellas son el nexo entre Mirtha y el resto del mundo que reclama por la reina madre del espectáculo argentino ante las más diversas cuestiones. Por estas horas, y seguramente así sucederá siempre, el teléfono no deja de sonar. Incluso, durante el transcurso de esta charla, la conversación se interrumpirá varias veces para que Mirtha pueda contestar los llamados que hacen vibrar su teléfono móvil, pero se excusa ante sus interlocutores: “Estoy haciendo una nota para LA NACION, llamame más tarde”. Toda una dama, luego de cada corte, pide disculpas con elegancia y respeto.

90 años; 76 de carrera

Las cifras estremecen y son un alivio para los fanáticos de la vida. Si ella puede, todos podemos, nos convencemos con cierta ilusión. Con una población mundial donde la expectativa de vida se extiende cada vez más, Mirtha es un fiel exponente de una generación que conforma la hoy llamada Cuarta Edad. Plena, activa, lúcida y contestaría. Qué se puede anhelar a los 90 años cuando se llegó a lo más alto de una carrera resplandeciente y se tiene todo. O casi todo… “Deseo continuar con tan buena salud, lúcida y rodeada de mis seres queridos. Mi familia me ama y yo los adoro. Y, desde ya, deseo seguir contando con el apoyo del público, algo que no deja de sorprenderme después de tantos años”, confiesa.

Su notable vigencia es motivo de reconocimiento en diversos países: “El otro día salió una nota en un diario de Perú, comentando sobre mi edad, que ya no es un secreto. Sorprende tanto acá como afuera. Creo que ya estoy para el Guinness”. Y tiene razón. Almorzando con Mirtha Legrand es el único caso en la televisión internacional de un programa que se emite en vivo desde hace casi medio siglo con una misma conductora al frente. Ese milagro del que la responsabilizaba Tinayre se plasma ante las más de 3000 personas que cada verano llegan hasta la puerta del Hotel Costa Galana, en la bahía de Playa Grande, para verla de cerca. Ella les extiende la mano, los menciona, y confirma en persona esa comunión indisoluble que la une con sus televidentes. “Es conmovedor. En Mar del Plata jamás hubo un gesto, una palabra, una frase desagradable. Todo siempre fue cariño, admiración, amor. Cuando salgo a la terraza y veo a la gente de todo el país con sus letreros contándome desde dónde llegan, me digo: ¡Dios mío, cómo puede ser! Me emociona. Ahora tengo una cantidad de chicos y jóvenes que me siguen. ´Mi abuela y mi mamá te veían´, me dicen”.

Su público ubica a sus cenas sabatinas o a sus legendarios almuerzos dominicales entre los programas más vistos de la pantalla local. Una fórmula Made in Legrand: mesas que conjugan temas lights, figuras mediáticas del momento, estrellas del espectáculo e invitados de la política. A esa receta de ingredientes incompatibles, ella la vuelve sabrosa, atractiva, ineludible. Y hasta genera, sin ingenuidad, algún que otro encontronazo que luego repicará en la tapa de los diarios del día siguiente. Mirtha marca agenda. Y lejos de ser una animadora superficial enfrenta a sus interlocutores, sonrisa hipnótica mediante, con preguntas que logran desestabilizarlos. “Cuando sos grande pensás: ¿qué me van a hacer? ¿Me van a sacar de la televisión? ¿Me van a censurar? A esta altura tengo una libertad para decir ciertas cosas que cuando uno es joven no se anima a hacerlo”. La mordaza ya la padeció. Gobiernos democráticos y de facto la han dejado sin pantalla más de una vez. Hoy, el temario de sus mesas aborda cuestiones impensadas algunos años atrás. Cambió el mundo. Pero, sobre todo, cambió Mirtha. “Yo me he ido aggiornando con el tiempo. Estoy actualizada, no me he quedado. ¡Quiero saber todo! Soy moderna, no soy antigua. Ser antiguo es lo peor que te puede suceder cuando pasan los años, cuando no vas evolucionando. Yo he evolucionado en muchos aspectos y el público lo agradece. Esto tiene que ver con los cambios en mi modo de pensar. He tenido una apertura en mi mente, en mi cerebro. A mi edad te ponés más sensible, más observadora y más complaciente también”. Con miles de programas al aire (y no es un eufemismo), más de una vez se equivocó, pero retrocedió a tiempo. Entre los tantos pasos en falso, aún se recuerda su enfrentamiento con la actriz Cecilia Rossetto, a quién llamó para pedirle disculpas, o su desafortunada frase sobre el regreso del “zurdaje”.

Influyente

El pulso del país late en su mesa. Casi todos los presidentes y decenas de políticos han sido destinatarios de sus consultas y de sus retos. Con algunos mandatarios tuvo buen trato. Con otros lo fue perdiendo. Siempre recuerda la buena relación que mantuvo con Néstor y Cristina Kirchner, a tal punto de realizar uno de sus programas en El Calafate. Luego, se convirtió en una acérrima crítica del kirchnerismo e hizo público su apoyo a la campaña de Mauricio Macri para llegar a la presidencia. Hoy, sus mesas suelen tener, con excesiva regularidad, a más de un representante del Gobierno. Una suerte de reunión de gabinete paralela donde los funcionarios defienden la gestión o explican lo que, muchas veces, falla en la comunicación oficial. “Informan mal. Nos tienen que cuidar, dar felicidad, ese es el rol de un gobierno”, le dijo a una primera figura del Ejecutivo hace poco, atragantándole la comida. A pesar de su simpatía con el actual oficialismo, no se priva de disparar críticas ante la realidad nacional: “Hay muchas dificultades, demasiados frentes abiertos. Lo del Correo ha sido terrible, se podía haber evitado. No se si no lo sabía el presidente o estaba ajeno. He leído que Oscar Aguad se lo comentó a Macri y lo pasaron por alto, no le dieron importancia. Creo que se debía haber resuelto. Este tema le ha hecho mucho daño al presidente y al gobierno”, sentencia sobre el escándalo en torno a la deuda que el Grupo Macri mantiene con el Estado vinculada a la explotación del Correo.

Tampoco se priva de orientar sus misiles a la oposición: “Le ponen muchas piedras en el camino, está muy difícil la situación, el Gobierno pensó que todo sería más sencillo, más fácil”. A pesar de su amistosa relación con Mauricio Macri, no duda en mostrarse algo decepcionada con la efectividad de sus medidas al frente del Ejecutivo: “Hay marchas y contramarchas. Muchos errores. Hay una persona que asesora al gobierno que le está haciendo demasiado daño desde hace tiempo. Es Jaime Durán Barba, que ni siquiera es argentino”. Frontal y precisa. Así es esta Mirtha recargada de juveniles 90 años.

Sola y resiliente

A pesar de transcurrir sus días en pleno ajetreo social con una agenda sobrecargada que incluye visitas a teatros, desfiles, cenas benéficas, salidas con amigos, meriendas semanales en su casa para más de quince personas y galas en el Teatro Colón, en la intimidad padece la inexorable soledad que aparejan los años. “Soy una mujer muy positiva. Pero, a veces, añoro… Ya no tengo referentes. No tengo a quien preguntarle: ¿te acordás cuando fuimos al Festival de Venecia o al de Berlín? ¿O cuándo conocimos a fulano o a mengano? No lo tengo a Daniel, con quien hablábamos de nuestra profesión. Lo extraño… Con él conversábamos sobre la vida artística. Pero, por otra parte, estoy muy bien rodeada porque tengo a mi familia y a mis amigos. Aunque, a veces, me siento un poco sola. Pero me sobrepongo…”. Esa soledad quedó sellada aquella vez que salió por primera vez a cenar luego de la muerte de Daniel Tinayre y al regresar ejercitó la rutina que siempre llevaba a cabo su esposo. Nimiedades como poner la llave en la cerradura de la puerta de su palier o encender la luz, para ella se transformaron en el termómetro del vacío. Esa vez en voz alta se dijo: “Chiquita, esto es la soledad”. Y lo era. La estrella sabe al dedillo cómo mantener una vigencia ejemplar desde que debutó en el cine a los 14 años junto a Niní Marshall. Y la mujer aprendió, a la fuerza, cómo superar profundos sufrimientos. Mirtha experimentó el dolor más grande por el que puede atravesar una mujer: la muerte de su propio hijo. Ante el desgarro atroz, supo encontrar su propio mecanismo de defensa para poder seguir adelante. “La profesión ayuda muchísimo. No es que yo me refugie en mi carrera para sobrellevar momentos difíciles, dramáticos o duros, pero el cerebro es algo milagroso. Si ocupás tu tiempo en otras cosas, entonces el dolor se vuelve más suave, se va alivianando. De todos modos, no hay día en que no piense en mi hijo Daniel. Y también en mi marido”. Mirtha hace silencio. Una pausa profunda. Dolorosa. Es el guiño para cambiar de tema.

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